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Tratamiento

Como ya se dijo, el tratamiento incluye las operaciones de preparación de los residuos, valorización y eliminación, independientemente de que en un determinado modelo de gestión aparezcan todas ellas o sólo alguna. Ya sea para cualificar a los desechos, obtener un aprovechamiento de ellos o hacerlos desaparecer, las operaciones de tratamiento culminan la gestión de los residuos y dan sentido a las etapas anteriores al devolver los materiales, en condiciones ambientalmente aceptables, a los ciclos productivos o al medio natural.

Esta última fase para la gestión de los residuos, se produce en instalaciones de muy diferente tipo, según la operación a la que se de mayor importancia y la finalidad perseguida (puede tratarse de plantas de reciclaje o de compostaje, pero también de un vertedero o de una incineradora). Aunque el modelo de gestión ideal es aquel que sigue “la regla de las tres erres” (reducir, reutilizar y reciclar), y por tanto la eliminación es la última operación de tratamiento a la que debe recurrir el buen gestor de residuos, que sólo debe aplicar a la fracción de residuos que no a sido valorizada. Por este motivo, los vertederos modernos llevan siempre asociada una planta de tratamiento y valorización, para intentar aprovechar al máximo los materiales contenidos en los residuos antes de su eliminación definitiva.

Cuando durante la fabricación o en el transcurso de la vida útil de un producto, aparecen rechazos, la diferencia entre considerar a estos como residuos o como subproductos la marcan las operaciones de tratamiento que se les puedan aplicar. Conforme a ellas, el material disponible podrá sustituir funcionalmente a otro producto, formar parte de algún proceso o no tener utilidad alguna.

Los subproductos son considerados en muchas actividades productivas como materias primas secundarias, ya que no se pueden utilizar directamente para el fin previsto pero pueden sustituir a las materias primas en ciertos procesos productivos tras haber sido convenientemente preparados a tales efectos.
Enlazando con lo anterior, la preparación de los residuos es quizá la etapa más confusa de la gestión, puesto que generalmente se entiende como un pretratamiento que se da a ciertos residuos antes de que sean valorizados o eliminados (por ejemplo secar y compactar los restos vegetales antes de quemarlos en una caldera de biomasa o estabilizar los lodos de una depuradora antes de depositarlos en un vertedero). Pero también puede dar “valor” por sí sola a algo que antes no lo tenía (el desecho), si lo habilita para ser nuevamente útil.

Según la Ley 22/2011, de residuos y suelos contaminados, la “preparación para la reutilización” es “la operación de valorización consistente en la comprobación, limpieza o reparación” de los residuos para “que puedan reutilizarse sin ninguna otra transformación previa”.

Reutilizar consiste en volver a utilizar el residuo como producto, con la misma finalidad que tenía originalmente, pero sin transformarlo (sólo comprobando que aún pueda usarse, limpiándolo de impurezas o con un pequeño ajuste o reparación poco relevante). Esta puesta en valor, hace que este tipo de preparación sea entendida por la Ley como una operación de valorización que sin embargo, bajo nuestro punto de vista, merece una mención a parte pues cae casi del lado de la prevención, al evitar que esos materiales se pierdan o sean tratados, con el consecuente gasto de energía y recursos.

Cabe considerar en este momento, aquellos elementos que tienen valor con la forma y estado que presentan al aparecer como residuos, aquellos que sólo lavándolos y almacenándolos en condiciones adecuadas ya vuelven a ser útiles para el uso que tenían en su etapa anterior.

Un ejemplo muy recurrente de preparación para la reutilización, es el de los envases, una práctica que se ha perdido en muchos países dónde décadas atrás estaba bastante implantada, debido a la generalización de los productos de “usar y tirar”. Los mismos distribuidores del producto recogían los envases a sus clientes devolviéndoles parte del importe del precio de venta, y aquellos a su vez, devolvían los envases al fabricante, el cual, compensaba económicamente a estos distribuidores por no tener que invertir de nuevo en la fabricación de recipientes. Tras pasar por una fase de higienización, ya estaban listos para contener de nuevo el producto del que se tratase.

 

 

gestion

 

 

La preparación para la reutilización será beneficiosa desde el punto de vista ecológico, siempre y cuando los residuos:

- No deban ser transportados a gran distancia para poder prepararlos y reutilizarlos.

- Estén hechos de materiales lo suficientemente resistentes, valiosos y/o cuantiosos como para que merezca la pena.

Los envases de vidrio, metálicos y ciertos plásticos, presentan grandes posibilidades de reutilización, ya que con sencillas operaciones de lavado pueden volver a contener una bebida, un detergente o cualquier otro líquido, como ya hicieron durante su primer uso. Las botellas metálicas que contienen gases útiles en automoción, refrigeración, calefacción, etc., pueden ser rellenadas directamente con el mismo gas que contuviesen y volver a ser distribuidas siempre que la legislación vigente lo permita. 

Como ya se dijo, el tratamiento incluye las operaciones de preparación de los residuos, valorización y eliminación, independientemente de que en un determinado modelo de gestión aparezcan todas ellas o sólo alguna. Ya sea para cualificar a los desechos, obtener un aprovechamiento de ellos o hacerlos desaparecer, las operaciones de tratamiento culminan la gestión de los residuos y dan sentido a las etapas anteriores al devolver los materiales, en condiciones ambientalmente aceptables, a los ciclos productivos o al medio natural.

Esta última fase para la gestión de los residuos, se produce en instalaciones de muy diferente tipo, según la operación a la que se de mayor importancia y la finalidad perseguida (puede tratarse de plantas de reciclaje o de compostaje, pero también de un vertedero o de una incineradora). Aunque el modelo de gestión ideal es aquel que sigue “la regla de las tres erres” (reducir, reutilizar y reciclar), y por tanto la eliminación es la última operación de tratamiento a la que debe recurrir el buen gestor de residuos, que sólo debe aplicar a la fracción de residuos que no a sido valorizada. Por este motivo, los vertederos modernos llevan siempre asociada una planta de tratamiento y valorización, para intentar aprovechar al máximo los materiales contenidos en los residuos antes de su eliminación definitiva.

Cuando durante la fabricación o en el transcurso de la vida útil de un producto, aparecen rechazos, la diferencia entre considerar a estos como residuos o como subproductos la marcan las operaciones de tratamiento que se les puedan aplicar. Conforme a ellas, el material disponible podrá sustituir funcionalmente a otro producto, formar parte de algún proceso o no tener utilidad alguna.

Los subproductos son considerados en muchas actividades productivas como materias primas secundarias, ya que no se pueden utilizar directamente para el fin previsto pero pueden sustituir a las materias primas en ciertos procesos productivos tras haber sido convenientemente preparados a tales efectos.
Enlazando con lo anterior, la preparación de los residuos es quizá la etapa más confusa de la gestión, puesto que generalmente se entiende como un pretratamiento que se da a ciertos residuos antes de que sean valorizados o eliminados (por ejemplo secar y compactar los restos vegetales antes de quemarlos en una caldera de biomasa o estabilizar los lodos de una depuradora antes de depositarlos en un vertedero). Pero también puede dar “valor” por sí sola a algo que antes no lo tenía (el desecho), si lo habilita para ser nuevamente útil.

Según la Ley 22/2011, de residuos y suelos contaminados, la “preparación para la reutilización” es “la operación de valorización consistente en la comprobación, limpieza o reparación” de los residuos para “que puedan reutilizarse sin ninguna otra transformación previa”.

Reutilizar consiste en volver a utilizar el residuo como producto, con la misma finalidad que tenía originalmente, pero sin transformarlo (sólo comprobando que aún pueda usarse, limpiándolo de impurezas o con un pequeño ajuste o reparación poco relevante). Esta puesta en valor, hace que este tipo de preparación sea entendida por la Ley como una operación de valorización que sin embargo, bajo nuestro punto de vista, merece una mención a parte pues cae casi del lado de la prevención, al evitar que esos materiales se pierdan o sean tratados, con el consecuente gasto de energía y recursos.

Cabe considerar en este momento, aquellos elementos que tienen valor con la forma y estado que presentan al aparecer como residuos, aquellos que sólo lavándolos y almacenándolos en condiciones adecuadas ya vuelven a ser útiles para el uso que tenían en su etapa anterior.

Un ejemplo muy recurrente de preparación para la reutilización, es el de los envases, una práctica que se ha perdido en muchos países dónde décadas atrás estaba bastante implantada, debido a la generalización de los productos de “usar y tirar”. Los mismos distribuidores del producto recogían los envases a sus clientes devolviéndoles parte del importe del precio de venta, y aquellos a su vez, devolvían los envases al fabricante, el cual, compensaba económicamente a estos distribuidores por no tener que invertir de nuevo en la fabricación de recipientes. Tras pasar por una fase de higienización, ya estaban listos para contener de nuevo el producto del que se tratase.

La preparación para la reutilización será beneficiosa desde el punto de vista ecológico, siempre y cuando los residuos:

- No deban ser transportados a gran distancia para poder prepararlos y reutilizarlos.

- Estén hechos de materiales lo suficientemente resistentes, valiosos y/o cuantiosos como para que merezca la pena.

Los envases de vidrio, metálicos y ciertos plásticos, presentan grandes posibilidades de reutilización, ya que con sencillas operaciones de lavado pueden volver a contener una bebida, un detergente o cualquier otro líquido, como ya hicieron durante su primer uso. Las botellas metálicas que contienen gases útiles en automoción, refrigeración, calefacción, etc., pueden ser rellenadas directamente con el mismo gas que contuviesen y volver a ser distribuidas siempre que la legislación vigente lo permita. 

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