El género como norma

Ya anteriormente habíamos apuntado que hablar de género no era hablar exclusivamente de mujeres y hombres sino de un sistema normativo que nos dice cómo se ha categorizado históricamente a las personas, qué es lo que se espera de éstas y qué relaciones “deben” (por sistema) llevar a cabo.

El lenguaje, en este ámbito, sería algo así como la herramienta a través de la cual ese sistema concreto lleva a cabo su cometido. Ya lo apuntábamos también antes: bajo categorizaciones y estereotipos determinados.

El género habla así de un sistema que dicta determinadas normas sociales y que únicamente reconoce a quienes se ajustan a esa norma.

Así, si la norma de identidad pasa por tener que desarrollarnos exclusivamente como mujeres o como hombres dentro de determinados rasgos concretos que se nos presentan como contrarios y complementarios; la norma relacional pasa por una heterosexualidad entendida como el centro de toda concepción erótico-afectiva entre mujeres y hombres.

Lo cierto es que “la presunción de la heterosexualidad” y también la de relacionar un sexo determinado con un género concreto está presente en la sociedad; aunque no es ésta la única forma en que las personas se construyen y se relacionan.

Con todo, bien es cierto —como apuntábamos— que existe una normatividad en torno a esto y que las personas que son vistas desde la norma como “diferentes” suelen ser rechazadas socialmente. Es esto lo que ocurre en el caso de las personas con identidades de género no normativas o de las personas con orientaciones sexuales no normativas.

Así, será (aludiendo a la generalización) como nos dirigiremos aquí (como grupo, colectivo, etc.) a aquellas personas cuya identidad (personas trans, por ejemplo) o cuya orientación sexual (personas gays, lesbianas, etc.) están fuera de lo normativo.

Ya de forma individual las nombraremos como se definan a sí mismas aunque daremos aquí algunas definiciones.

Lo que sí queremos matizar es que evitaremos hablar de “comunidad LGBT (estas siglas responden a lesbianas, gays, bisexuales y personas trans)” o de “comunidad LGBTIQ (lesbianas, gays, bisexuales, personas trans, intersexuales, queer)”.

Esto es así, porque preferimos hablar de personas y destacar el hecho de que sus posiciones vitales no son normativas. Es decir, visibilizar que hay una norma y que esa norma es hetero-patriarcal pero que no es la única forma que tenemos de construirnos como personas. Así también logramos darle a las construcciones un carácter no esencialista.

Esto es, evidenciar que la humanidad se construye de múltiples formas y que lo único que hace que unas construcciones sean más aceptadas que otras es la existencia de unas normas que se imponen de fondo y que arrastran múltiples discriminaciones.

 

El género como norma

Mar Gallego Espejito

Licenciada en Periodismo | Máster en Género, Identidad y Ciudadanía

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