Utilidad de la virtud de la humildad para evitar el vicio de la soberbia

Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles define la humildad como “una virtud moral: no es ni intelectual ni teológica”. Indica de ella que no sólo consiste en los actos interiores sino también en los exteriores. La humildad, igual que la paciencia, es una virtud moral. Tomás opina que los hombres hipócritas ocultan su falsedad bajo la elegancia de su vestimenta.

 

Por el contrario, los hombres nobles de corazón se muestran tal y como son debido a que “la humildad es el fundamento del edificio espiritual”. Es decir, proporciona un soporte firme para la estructura del edificio de la interioridad humana: “fundamentalmente la virtud no consiste en las cosas exteriores, sino en la elección más interior de la mente”, porque en último término el hombre virtuoso elige el bien entre toda una serie de alternativas que tienen su razón de ser en el don de la libertad.

humildadPero... ¿en qué parte del hombre está la humildad? Tomás responde que se encuentra en el apetito irascible. Pero tal vez este encuadramiento sea insuficiente, pues si estamos ante una perfección humana tan central y relevante, su pertenencia a uno de los apetitos inferiores es insuficiente.

En efecto, como Tomás mismo indica, la virtud de la humildad es tan importante que su existencia “supone la conservación y fundamento de las otras virtudes en su ser”. Es decir, la importancia de esta virtud no sólo debe tomarse en cuanto se considera en sí misma, sino también en relación con las demás virtudes, puesto que las potencia y refuerza de forma que la humildad presupone la existencia de las otras virtudes en el hombre, virtudes que se reflejan en su modo de ser y actuar.

 

Además, escribe el dominico que “la humildad es alguna disposición para el libre acceso del hombre en los bienes espirituales y divinos”. Es decir, es un camino abierto hacia aquello que está más allá de nosotros mismos; la soberbia nos encierra en nuestra propia vanidad, nos impide ver más allá de lo material; en cambio, la humildad amplia la perspectiva de nuestro horizonte vital. Sin embargo, a diferencia de la soberbia que persigue el elogio, “la humildad aleja al alma del deseo desordenado de cosas grandes contra la presunción (praesumptio)”, de la misma forma que la magnanimidad empuja el alma hacia lo excelso en contra de la desesperación.

 

Efectivamente, la magnanimidad impulsa al alma hacia la consecución de objetivos elevados siempre bajo la recta razón. Tomás escribe que “la magnanimidad y la humildad convienen en la materia y difieren en el modo: la magnanimidad se pone como parte de la fortaleza y la humildad como parte de la moderación”. Esta virtud, es fundamental para combatir, por ejemplo, la desesperación.

 

La magnanimidad y la humildad no son contrarias, aunque en apariencia lo parezcan. El hombre tiene una parte noble y virtuosa recibida de Dios; sin embargo, también tiene una parte limitada en su propia naturaleza humana. Por esta razón, el hombre desde la parte noble tiende magnánimamente a los bienes más elevados, aunque también sea capaz de valorar sus propios defectos a través de la virtud de la humildad.

 

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