Introducción

Todo modelo hombre o mujer aspira a aparecer en la portada de las revistas más importantes del sector, convertirse en figura exclusiva de los diseñadores más prestigiosos y pisar por las pasarelas más destacadas de las ciudades de moda por excelencia.

 

Son los cuerpos gloriosos que alimentan deseos de emulación. O las caras simpáticas que hacen sentir la tentación de probar tal o cual marca. Cada día se asoman a cuartos de estar o se exhiben distantes en las páginas de papel couché o las marquesinas del autobús.

 

Son una pieza indispensable en la gran feria de la moda. Venden portadas y todo lo que rodea a una colección. Son un escaparate de la cosmética, los bolsos, los zapatos o los pañuelos. Esos productos creados de forma masiva y en cuya venta reposa la tranquilidad económica de ciertas empresas.

 

Si nos fijamos bien en los rostros y las siluetas de las maniquies (y de los jóvenes varones que realizan el mismo oficio) veremos que facciones, caderas y piernas tienden a la perfección. Poseen las líneas, el equilibrio, las proporciones de la belleza clásica. Todo es armonía y ese paseo de nuestra visita sobre su perfección, sobre su elegancia serena, nos tranquiliza, nos apacigua.

 

Aunque ser Top Model no es sólo cuestión de altura o belleza física, sino de fabricar una imagen de una manera sibilina. Su éxito depende de una planificación meticulosa.

 

El universo de los desfiles evoca para el resto de los mortales una fascinación extraordinaria, reforzada por la popularidad que las modelos con nombres y apellidos, además de rostros y piernas, han alcanzado en lo últimos años.

 

Para ser espectador de un desfile de primera categoría hay que pertenecer a la tribu, es decir, ser poderoso cliente, glamurosa actríz, escogido periodista especializado o fotógrafo amparado por agencia o editorial. Porque una de las características particulares de estos desfiles es que, siendo un auténtico y global espectáculo, es el único para el que no se puede comprar una sola entrada. Todas están reservadas. Las regalan los centros de costura, los comités de modas o los diseñadores que exhiben sus colecciones.

 

Todos los profesionales de Relaciones Públicas saben que el éxito de un acto público depende del número de modelos de primera fila que consigan atraer: desde un salón del automóvil a una presentación de joyas, pasando por fiestas para recoger fondos.

 

Son los Diseñadores, modistos o creativos publicitarios los que dirigen la brújula de los gustos del público, los gustos de la sociedad de masas. La labor de los top models es de ser simple percha.

 

Un buen modelo (hombre o mujer) posee desde siempre la intuición necesaria para desenvolverse correctamente delante de una cámara y, con el tiempo, sobre una pasarela.

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