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Prevención en las demencias(I): Factores de Riesgo

Antes de comenzar explicando cuáles son los diferentes factores determinantes que pondrían en población de riesgo de padecer demencia a una persona, vamos a describir lo que los estudios epidemiológicos entienden por “riesgo”. Entendemos por esta palabra, un concepto que describe una futura probabilidad de padecer una enfermedad en función de una exposición a un acontecimiento o sustancia en general, a nivel de población. De esta forma, decimos que dicha exposición puede incrementar o disminuir la probabilidad de padecer una alteración (Hughes and Ganguli, 2009).

Como señalan numerosas investigaciones, la patología de la demencia a nivel cerebral empieza a desarrollarse varios años antes de la aparición de los signos y síntomas característicos. Por ello los estudios epidemiológicos de las demencias deben de centrarse en las etapas más tempranas de la vida, para así poder evaluar los diferentes y numerosos factores de riesgo que pueden ser modificables. Identificar dichos factores pueden poner de manifiesto el gran potencial disponible que puede reducir de forma eficaz las consecuencias que derivan de las demencias en las décadas posteriores, a través de un abordaje centrado en la prevención primaria (Hughes and Ganguli, 2010).

 

Factores de riesgo no modificables

No obstante, se apuntan una serie de factores no modificables, pero que no debemos pasar por alto a la hora de determinar la población de riesgo que pueda desarrollar una demencia (Hughes and Ganguli, 2010). Entre estos factores se incluyen los factores genéticos, la edad, el sexo y la historia familiar. Los primeros muestran una importante heterogeneidad, debido principalmente a que los marcadores genéticos que se conocen, son de dos tipos (Barranco-Quintana, Allam, Del Castillo y Navajas, 2005):

  1. Factores genéticos determinantes: mutaciones de ciertos genes cuya expresión determina irremediablemente la aparición de demencias como la Enfermedad de Alzheimer. Su transmisión es autosómica dominante, con alta penetrancia y responsables de forma hereditaria. Su inicio suele darse de manera precoz, en concreto entre los 35 y los 55 años. Al ser un factor hereditario, afecta a algunas familias, aunque afortunadamente son muy infrecuentes y responsables de una proporción muy pequeña de casos.
  2. Factores genéticos predisponentes: su presencia aumenta el riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. En este sentido de manera detallada, se destaca la presencia del alelo ε4, que codifica el genotipo APOE, ubicado en el cromosoma 19. Dicho alelo, está altamente relacionado a un mayor riesgo de cursar Demencia tipo Alzheimer en un futuro, aunque bien es cierto que su magnitud no ha sido establecida con precisión. Sin embargo, sí se ha constatado que aquellas personas portadoras de este alelo presentan una menor respuesta favorable a tratamiento tras haber sufrido traumatismos craneoencefálicos, en especial de carácter crónico (conocidos en especial por ser lo que presentan los boxeadores), y por lo tanto, un mayor riesgo de demencia.

Muy relacionado con los aspectos genéticos, Barranco y sus colaboradores (2005) apuntan a otra serie de factores como la edad, el sexo y la historia familiar que pueden aumentar irremediablemente el riesgo de padecer demencia. En relación a esta última variable, estos investigadores afirman que en torno a un 40% de las personas afectadas de Enfermedad de Alzheimer presentan una incidencia familiar de demencia, que puede llegar a alcanzar hasta un 50% si los afectados son muy longevos (Barranco-Quintana, Allam, Del Castillo y Navajas, 2005).

Por último, en cuanto a la edad y al sexo, se encuentran datos reveladores. En relación a la primera variable, ésta es la principal razón o marcador de riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas, de manera que la prevalencia se multiplica cada cinco años a partir de los 60 años. Para ser más precisos, podemos señalar como se pasa de un riesgo de un 1% en los 60-65 años al 4,3% a los 75 años; hasta llegar al 28,5% a los 90 años (Barranco-Quintana, Allam, Del Castillo y Navajas, 2005). No obstante, hay ciertas formas demenciales que a pesar de tener menos probabilidad de ocurrencia, frecuentemente aparecen antes de los 65 años, como es el caso de la demencia frontotemporal. Jurado, Mataro y Pueyo (2013) afirman que esta demencia tiene una edad típica de inicio entre los 45 y los 65 años de edad (Jurado, Mataró y Pueyo, 2013). 

En cuanto al sexo, se encuentran estimaciones que varían según qué demencia. Así, para la Enfermedad de Alzheimer se encuentra que ser mujer es un factor de riesgo mayor que ser hombre (Fernández et al., 2008); mientras que ser hombre se consideraría un factor de riesgo a desarrollar degeneración lobar frontotemporal, en especial la variante comportamental (Iragorri, 2007).

 

Factores de riesgo modificables

Una vez establecidos aquellos factores de riesgo que inevitablemente no pueden ser modificables, pasaremos a explicar aquellos factores que sí pueden serlo. De manera detallada, vamos a demandar aquellas etapas de la vida que deben ser tenidas en cuenta de acuerdo a poder intervenir en estos factores. Llevar a cabo una intervención preventiva, puede modificar el riesgo de sufrir demencia, debido al momento de la expresión clínica de los síntomas.

De hecho, aunque la patología de la demencia se produce 20 años antes de la aparición de esta, desde el mismo nacimiento ya podrían existir ciertos factores que empezarían a provocar consecuencias negativas en el rendimiento cognitivo. Así, la presencia de desnutrición fetal, un bajo peso al nacer y/o no ser amamantado en los primeros meses de vida podría conducir a patologías vasculares como diabetes, atereoesclerosis, hipertensión arterial o colesterol, que están relacionados con la Enfermedad de Alzheimer. Asimismo, se señalan otra serie de variables acaecidas en la primera infancia, relacionadas con el desarrollo cognitivo, acceso a la educación, así como una baja estimulación medioambiental, que podrían retardar el desarrollo del cerebro, la inteligencia y el rendimiento cognitivo. Estos factores podrían incrementar el riesgo de demencia (Hughes and Ganguli, 2009).

Así, Aguirre-Acevedo y sus colaboradores (2014) acuña a introducir cambios en los estilos de vida, y de desarrollar o implementar intervenciones preventivas (Aguirre-Acevedo et al., 2014). Hughes and Ganguli acuñan a otra serie de datos. Estos autores señalan que la prevalencia de demencias como la Enfermedad de Alzheimer puede cuadruplicarse en los próximos 40 años de no desarrollarse intervenciones de carácter preventivo (Hughes and Ganguli, 2009). En esta misma línea, Jurado, Mataró y Pueyo acuñan a intervenir de forma preventiva sobre la salud cerebrovascular, debido a la comorbilidad que presenta la patología vascular con la Enfermedad de Alzheimer (entre un 60 y un 90%). Estos autores apuntan que ambas patologías comparten factores de riesgo tales como hipertensión, hipercolesterolemia, ictus previos, enfermedad aterosclerótica o fibrilación atrial, que alteran la función de los vasos cerebrales y las células asociadas, por medio del estrés oxidativo (Jurado, Mataró y Pueyo, 2013).

Una vez hablado en términos generales, vamos a explicar cuáles son aquellos factores de riesgo que pueden ser modificables en las diferentes etapas de la vida, entre los que destacan el nivel de ocupación, la presencia de traumatismos craneoencefálicos, presencia de episodios depresivos, consumo de tabaco, factores médicos como la diabetes mellitus o accidentes cerebrovasculares, y un largo etcétera que explicaremos a continuación (Hughes and Ganguli, 2010; Aguirre, 2014).

  • Diabetes mellitus:

La diabetes mellitus (en concreto la tipo II) incluye una serie de alteraciones metabólicas de múltiples etiologías que se caracterizan por hiperglucemia crónica y trastornos en el metabolismo de los hidratos de carbono, de los lípidos y de las proteínas, que se dan como consecuencia una serie de defectos en la secreción de insulina (Ministerio de Sanidad y Consumo, 2008). En concreto, la alteración de la secreción de insulina, la intolerancia a la glucosa y la resistencia a la insulina en la edad media está relacionada con un aumento de sufrir demencia. En este sentido, existen tres procesos interrelacionados entre sí que favorecen a la aparición de la demencia (Hughes and Ganguli, 2010):

  • Lesión vascular cerebral que puede dar lugar a la isquemia cerebral.
  • Alteración del metabolismo de las proteínas AB y TAU, que último término lleva a la formación de placas seniles y ovillos neurofibrilares.
  • Aumento de factores inflamatorios.
  • Obesidad:

La obesidad es otro de los factores de riesgo que han sido estudiados en los últimos años. Diversos autores han encontrado que este factor está íntimamente relacionado con otras variables, como la hipertensión arterial, el colesterol alto o la diabetes mellitus (Hughes and Ganguli, 2009). Asimismo, en los últimos años se ha encontrado que este tipo de alteraciones afecta en el rendimiento cognitivo, deteriorándolo notablemente (García y Villalobos, 2012). De manera más detallada, Toledo (2011) señala especialmente que sufrir obesidad en edades medias de la vida es un factor de riesgo para desarrollar enfermedades neurodegenerativas como la Enfermedad de Alzheimer o la Demencia Vascular. En este sentido, el investigador afirma que en la etapa subclínica de la enfermedad (unos 10 años antes de la aparición de la sintomatología de la demencia) aparece una notable pérdida de peso (Toledo, 2011; Gutiérrez et al., 2011). Esto podría explicarse al factor que ejerce la leptina, una hormona que tiene un efecto neuroprotector al eliminar los depósitos de proteína beta-amiloide. En este sentido, Gutiérrez y sus colaboradores (2011) indican que las personas que padecen obesidad tienen unos niveles de leptina más bajos que las personas que no la sufren, lo que se traduciría en una mayor presencia de otra serie de factores como colesterol, ácidos grasos y lipoproteínas que en mayor medida lo que produce es un incremento de estos procesos de amiloidogénesis (Gutierrez et al., 2011).

  • Consumo de tabaco

Existe mucha controversia en la literatura acerca del papel del tabaco y su relación con la aparición de demencia. Nos vamos a centrar en las aportaciones de López y García (2004) y de Fabián y Cobo (2007). El primer autor indica especialmente una investigación realizada por el Honolulu Heart Program, que realizó un seguimiento de 8000 hombres nacidos entre 1900 y 1919. Se encontró que los fumadores de intensidad media presentaban un mayor riesgo de desarrollar demencia que los fumadores de intensidad bajo o alta. Los investigadores que llevaron a cabo este estudio argumentaron que este hallazgo no pone en entredicho la relación dosis-respuesta, debido a que el grupo de los fumadores de intensidad alta presenta una mayor mortalidad, por lo que en el momento de realizar el examen comparativo, los participantes de este grupo no sobrevivieron (López y García, 2004).

Por otra parte, el tabaco presenta relaciones con otras variables como la hipertensión arterial o el colesterol alto, variables que tienen estrecha relación con la acumulación de proteína beta-amiloide en el cerebro. Así, Fabián y Cobo (2007) afirman que las personas que fuman, padecen hipertensión arterial y presentan colesterol alto, tienen una probabilidad dos veces y medio mayor de padecer demencia (Fabián y Cobo, 2007).

  • Estado civil y relaciones sociales

Son varios autores los que apuntan que las relaciones sociales influyen de manera notable en el desarrollo de una demencia. En este sentido, hemos de destacar la influencia que ejerce el apoyo social como variable etiológica en la integración y participación social de los individuos. En un principio se deduce que a mayor cantidad de relaciones sociales, mayor será también el grado de integración y participación social. No obstante, el número de personas con las que interactuamos a diario no tiene por qué reflejar fielmente los recursos sociales de que dispone el individuo. Es decir, lo importante no es cantidad de relaciones sociales, sino su calidad (Pinazo, 2005).

Centrándonos en los factores de riesgo, se apunta que aquellas personas que pasan más tiempo en soledad tienen más riesgo de desarrollar una demencia (Menéndez, Martínez, Fernández y López-Muñiz, 2011). Otros autores indican que una menor satisfacción con las relaciones interpersonales se asocia con una peor calidad de vida, y a su vez, con un cierto riesgo de desarrollar demencia. Por esto, se consideran importantes las relaciones sociales en algunas guías internacionales, como la National Institute for Health and Clinical Excellence (NICE) (Lucas-Carrasco, Peró y March, 2011).

A nivel autonómico, Ruiz (2012) llevó a cabo un estudio epidemiológico en Andalucía, con el objetivo de analizar qué variables son determinantes en la evolución de la demencia. En concreto, este autor encontró que tanto los hombres como las mujeres que eran solteros o viudos, presentaban un mayor rango de demencia que aquellos que eran casados o divorciados. No obstante, el investigador señala que los resultados obtenidos deben examinarse con más detenimiento, puesto que el estado civil registrado en las estadísticas oficiales no recoge con exactitud la situación sentimental de las personas. No obstante, en los mayores de 60 años, posiblemente la percepción sea diferente que a edades más jóvenes (Ruiz, 2012).

  • Sueño

La relación sueño-aparición de demencia ha sido estudiada tanto por su exceso como por su déficit. En este sentido, una serie de investigadores de la Universidad de Washington apuntan a la existencia de una proteína llamada orexina, que está implicada en el ciclo sueño-vigilia, y que podría jugar un papel importante en la patogénesis de la Enfermedad de Alzheimer. En este sentido, se señala que tanto un exceso de sueño, como un déficit podrían contribuir a un aumento de la acumulación de proteína Beta-amiloide y por lo tanto, a un mayor riesgo de desarrollar en el futuro una demencia tipo Alzheimer (Kang et al., 2009; Menéndez et al., 2011). De manera detallada, los trastornos del sueño podrían jugar un rol determinante en el desarrollo de las enfermedades neurodegenerativas, ya que podrían exacerbar un proceso fundamental que conduce a la neurodegeneración. Así, la optimización del sueño podría ayudar a inhibir la acumulación de proteínas tóxicas y reducir y retrasar la aparición de la Enfermedad de Alzheimer (Ibid, 2009).

  • Depresión

La presencia de depresión en personas mayores es considerada por varios autores como otro factor de riesgo a desarrollar trastornos cognitivos, puesto que también se ha asociado a una peor calidad de vida en comparación con aquellas personas que no padecen estos episodios de carácter depresivo (Lucas-Carrasco, Peró y March, 2011). De hecho, son varios autores los que afirman que la depresión podría ser el mayor problema psicopatológico que afecta a la población de la tercera edad, apareciendo alguna sintomatología depresiva en torno al 15% de la población mayor de 65 años (Izquierdo, Fernández, Sitjas, Elias y Chesa, 2003).

De una manera más detallada, parece ser que en esta relación depresión-demencia, existe una tercera variable, que sería el alelo APOE ¾. En este sentido, se ha señalado que la depresión puede ser un verdadero factor de riesgo etiológico debido a que las personas quienes padecen esta enfermedad, presentan unos niveles de glucocorticoides crónicamente elevados que puede causar atrofia hipocampal y una consecuente disfunción cognitiva. No obstante, también se indica que la depresión puede ser una consecuencia secundaria al deterioro cognitivo progresivo, debido al daño frontoestriatal y a la pérdida de volumen del hipocampo, causado por la neuropatología neurodegenerativa (Hughes and Ganguli, 2009).

Izquierdo y sus colaboradores (2003) recogen en su revisión que el deterioro cognitivo es más común en personas que sufren episodios depresivos más tarde de los 65 años, enfatizando que podría haber una causa orgánica común. Estos autores recogen una serie de hipótesis, que explicaría la relación entre la depresión como factor de riesgo de la demencia. En primer lugar, acuñan a la existencia de una tercera variable unificadora entre la depresión-demencia, que sería el tratamiento farmacológico de la depresión. Según esta primera hipótesis, la exposición prolongada al tratamiento antidepresivo, podría predisponer biológicamente al desarrollo de una demencia en un futuro. En segundo lugar, estos autores abogan que la depresión y la demencia comparten factores de riesgo comunes, si bien los trastornos cerebrovasculares, y una cierta vulnerabilidad genética expresada mediante el genotipo APOE ε4, explicaría dicha relación. Por último, los investigadores exponen la posibilidad de que la depresión podría ser un precursor de la demencia, puesto que los estudios de casos clínicos en los individuos diagnosticados de depresión, acaban desarrollando enfermedades neurodegenerativas como la Enfermedad de Alzheimer (Izquierdo, et al., 2003).

  • Ausencia de dieta saludable

En lo referente a la dieta, podemos indicar que aquellas personas que no llevan a cabo una dieta equilibrada, unida a una vida sedentaria, podrían tener un mayor riesgo de sufrir demencia, ya que estas personas ignorarían una serie de factores protectores, además de acentuar conductas que le llevan a último término a pertenecer a esta población de riesgo.

En concreto, nos vamos a centrar en el exceso de ingesta de calorías. Barranco y sus (2005) colaboradores indican que en los países donde el consumo de calorías es menor (China y Japón) se presentan una incidencia menor de Enfermedad de Alzheimer que en la de otros países donde la ingesta calórica es mayor. Mattson (2003), hipotetiza que unos niveles bajos calóricos, previene el daño en los vasos cerebrales, el estrés oxidativo y la acumulación de proteína Beta-amiloide (Mattson, 2003, citado en Barranco-Quintana, Allam, Del Castillo y Navajas, 2005).

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