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Desertificación y Deforestación

La desertificación es el proceso por el cual sustratos antes fértiles y productivos pierden total o parcialmente esas propiedades, y quedan degradados hasta convertirse en suelos áridos. Se inicia con la desaparición de la cubierta vegetal, la ausencia de raíces hace que el suelo pierda su capacidad de retener agua y la desprotección a la que se ve sometido hace que sea más sensible a procesos erosivos que eliminan sus nutrientes, lo que impide que vuelva a crecer vegetación en él si no es fertilizado artificialmente. Además tiene la capacidad de extenderse rápidamente a otros lugares porque trastorna el ciclo natural del agua, reduce la resistencia de la tierra al cambio climático, intensifica los efectos de los temporales de viento, las inundaciones y los incendios… por lo que pueden sentirse sus efectos a miles de kilómetros del origen del problema.

Según el PNUMA aproximadamente el 30% de la tierra firme del planeta puede estar afectada por procesos de desertificación, esto supone entre 3.500 y 4.000 millones de hectáreas de superficie, y aún más preocupante es el hecho de que esta cifra se incrementa anualmente en 3 o 4 millones de hectáreas más. El continente más afectado por este fenómeno es África, especialmente en sus extremos norte y sur, junto a Sudamérica y Asia menor y central.

Junto a las Convenciones de Biodiversidad y Cambio Climático, en la Cumbre de Rio aparece la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, pero a diferencia de las anteriores no se aprueba en ese momento sino que tiene que esperar a 1994 para hacerlo, y a 1996 para entrar en vigor. Desde entonces se han sucedido las conferencias de las partes sin grandes avances quizás porque los continentes a los que principalmente afecta albergan países pobres o en vías de desarrollo. Se sabe que de los más de 100 países afectados por procesos de desertificación, apenas una veintena tendrían recursos financieros para hacer frente a este fenómeno, porque a pesar de todo entre los países afectados se encuentran algunos desarrollados como los Estados Unidos de Ámerica, Australia o España.

Porque se puede mitigar el resultado mediante la incorporación al sustrato de fertilizantes, empleando especies vegetales halófitas (resistentes a la salidnidad), realizando costosas infraestructuras para el trasvase de agua, etc. Por este motivo no se puede decir que afecte demasiado al escaso número de países desarrollados en los que se observa la presencia de este proceso, incluso la Unión Europea dentro de la Política Agraria Común prevé ayudas para el fomento de la agricultura bajo plástico en las zonas afectadas.

Sin embargo, en el resto de países la desertificación tiene como trasfondo un auténtico drama humano, el de los más de 1.000 millones de habitantes que han visto degradadas las tierras de pasto o cultivo de las que subsistían, o el de los 150 millones de personas obligadas a emigrar al tornarse árido el ecosistema en el que antes habitaban.

Como ya se ha dicho, la desertificación es un fenómeno que tiene su origen en la retirada de la cubierta vegetal de un suelo determinado, cuando además se trata de la desaparición de un bosque el resultado es de mayor gravedad, ya que son siglos los que se pueden tardar en recuperar un ecosistema así, y entonces se habla de deforestación.

La deforestación surge como consecuencia de una sobreexplotación maderera del bosque en cuestión, generalmente para la producción de pasta de papel, muebles, elementos para construcción, combustibles, etc. En otras épocas y culturas, una explotación equilibrada de los recursos madereros de un bosque, permitía a las poblaciones locales vivir del mismo sin perjudicarlo, es más, incluso estas actividades de aprovechamiento beneficiaban la perpetuación de la masa forestal en ese lugar, por ejemplo, la retirada por el hombre de árboles caídos evitaba que esa madera pudiera secarse allí produciendo un incendio en épocas estivales. Actualmente, esta tarea la realizan los gestores de ciertos espacios naturales protegidos con el fin último de evitar incendios y se denomina “gestión del combustible”.

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