La democracia

Dijo Winston Churchill que “… la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”.

 

El primer antecedente de la democracia es, como no podía ser de otra manera, griego.

 

En el siglo V a.C, las polis griegas constituían pequeñas unidades socioeconómicas qué, como ya se mencionó, permitía que los hombres mayores de 20 años, libres y ciudadanos (ni esclavos, ni extranjeros, ni mujeres) sin importar la condición social, participaban activa y plenamente en el gobierno de la polis.

 

Clístenes fue un gobernante reformista que logró introducir una Constitución participativa en el año 507 a.C, en dicha Constitución se instituyó un sistema de elección de autoridades compuesta, de forma abreviada, en una Asamblea (Ecclesia) con varios cientos de miles de ciudadanos que elegían a un Consejo de 500 ciudadanos qué, a su vez, seleccionaban a un Comité de 50 que guiaba y hacía propuestas al Consejo de los 500.

 

Paralelamente, se desempeñaban un Consejo de militares (10 personas), otro de Magistrados (10 personas) y por último los Tribunales (o jurados populares de aproximadamente una centena de personas).

 

Cómo se aprecia, el sistema que nos llegó por manuscritos de la época, y es difícil imaginar su normal desenvolvimiento, sin embargo su esencia no era, precisamente, la concentración del poder en una y solo una persona, o bien una persona “ungida” por alguna gracia divina, sino la participación, aunque limitada, de los integrantes de la Ciudad – Estado.

 

La democracia ateniense, no estuvo exenta de gruesos errores en su funcionamiento.

 

Por ejemplo, fue la democracia restaurada, tras la dictadura de los 30 tiranos, la que promovió el juicio contra Sócrates (mentor de Platón, de haber existido) por “corromper a la juventud con enseñanzas en contra de los dioses patrios”, aunque presumiblemente haya sido porque su filoso discurso había puesto en ridículo a más de un poderoso ciudadano.

 

Y aunque, como ya se vio en la clase dedicada a los orígenes, para Aristóteles la democracia era una forma de gobierno impura por responder a los intereses de la mayoría, su forma era la menos impura de todas, siendo la peor la tiranía.

 

Es que la democracia corría el riesgo de “desbordarse” y caer en la demagogia que, a su vez, podía transformarse en tiranía.

 

Sin embargo, Aristóteles rescató la agregación de intereses económicos sociales, siempre en pugna, que permitía la democracia y la propuso para su forma ideal: la politeia. Sobre esta última decía Aristóteles “… que no sean más en nada los pobres que los ricos, sino que ambas clases sean semejantes” (Aristóteles, ediciones varias, Política), y por ello no reniega de la democracia sino que intenta rescatar lo mejor de la misma.

 

Hoy es poco lo que queda de tal democracia, quizás únicamente la idea de que era “directa”, algo que tampoco es muy claro, pero su influencia ha sido notoria, más como aliciente y legado que como modelo a imitar.

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