Margaret Ann Bulkley, o como fingir ser un hombre para cumplir un sueño

La historia de Margaret Ann Bulkley es la historia de la renuncia a una identidad por cumplir el sueño de una vida.

Con la connivencia de su familia, Ann pasó a llamarse James Barry, adoptando una identidad masculina para poder dedicarse a la medicina (algo imposible para las mujeres de la época).

Nacida en Belfast a finales del siglo XVIII, se doctoró en medicina en la Universidad de Edimburgo, especializándose en cirugía.

Pronto demostró su valía como médico en el ejército británico, lo que hizo que durante sus años de profesión recorriese gran parte del Imperio británico.

En 1815 fue destinado a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, donde llegó a ostentar el puesto de médico personal del gobernador.

En África desarrolló parte de su carrera profesional, considerándosele como el primer médico que logró hacer una cesárea en ese continente con éxito; algo que no era de extrañar, conociendo la meticulosidad y seriedad con la que se tomaba su trabajo (algo normal debido a todo a lo que tuvo que renunciar para conseguirlo).

Realizó investigaciones sobre la sífilis, una de las enfermedades que más mortalidad causaba en la época; así como propuso innovaciones en el campo de la higiene, para prevenir por ejemplo infecciones postoperatorias, que causaban casi tantas muertes como las enfermedades en sí.

Su carácter enérgico y estricto le granjeó no pocos enemigos que trataban de desprestigiarle a toda costa, pero aún así logró obtener el puesto de Inspector General de Hospitales, lo que dice mucho a favor de su tremenda valía profesional.

 

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Margaret Ann Bulkley a la izquierda de la imagen.

 

Pero en 1845, en Crimea, contrajo la fiebre amarilla, de la que nunca se curó del todo y cuyas secuelas le causaron la muerte el 25 de julio de 1865.

Tras su muerte fue cuando se desató el escándalo, pues al lavar su cuerpo para enterrarlo se descubrió que el afamado doctor no era tal, sino una mujer (que incluso parece ser dio a luz durante su vida).

Pese a los intentos oficiales de ocultar tal “hallazgo” la noticia saltó a los medios de comunicación, escandalizando a la puritana sociedad británica.

Finalmente se enterró bajo el título de doctor y el nombre de James Barry, tratando de silenciar el hecho de que uno de los más insignes médicos británicos fue una mujer y no un varón, como se creyó durante más de 40 años.

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