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Orientaciones Terapéuticas Generales

El estrés debe ser tratadoEs, sencillamente, una enfermedad que, además, puede hacer las veces de disparador de varias otras, toda vez que –entre otras cosas- deteriora el buen funcionamiento del sistema inmunológico del individuo. Este sistema de defensa natural del cuerpo25 es el encargado de combatir a virus, bacterias u organismos infecciosos que amenazan la salud. Sin embargo, algunos factores emocionales en general; y los que aparecen como consecuencia del estrés, en particular, inciden -efectivamente- en el debilitamiento de estos procedimientos naturales o adquiridos destinados a contrarrestar la acción de patógenos y favorecer la salud26.

Este es el principal punto de partida para manejar adecuadamente la diversidad de situaciones agresivas cotidianas que pueden afectar a las personas de un modo combinado en su psiquis y corporeidad, aunque estas no siempre tengan plena conciencia del estado en el que se encuentran por las más variadas razones.

Sea por confundir el origen primario de los síntomas provocados en períodos más o menos prolongados de estrés; sea porque ante un síntoma concreto han consultado con un médico y fueron mal diagnosticadas; o sea –sencillamente- porque rechazan analizar algunas alertas de clínicos, familiares o amigos, restándole importancia por suponer que exageran o no entienden lo que en realidad sucede.

Es cierto que habitualmente nadie le va a decir a otro directamente que está estresado. Sin embargo, es probable que de algún modo le haga notar cierta anormalidad que observa desde algún tiempo (ej. ‘últimamente estás muy irritable’).

 

Más aún.

Al evaluar la descripción de personas que ignoran estar padeciendo un cuadro de estrés y sus consecuencias, o hasta –incluso- que ignoran el vocablo mismo (estrés), resulta notable que -cuando se les consulta sobre el estado en el que se encuentran- dejan entrever (con sus gestos y léxico habitual) que están viviendo una situación extraña y desagradable, aunque no sepan expresar los motivos.

Sería de muy difícil realización intentar enumerar las distintas expresiones con las que muchas personas describen estas situaciones. Sin embargo, es posible mencionar algunas de ellas, de un modo sintetizado y a mero título enunciativo. Por ejemplo, algunos adultos suelen referirse (casi siempre sin saberlo) a cierta hiperactividad27 más o menos reciente. Relatan que -a diferencia de su comportamiento habitual- desde algún tiempo (en general mencionan un período que va de uno a cuatro meses) están pasando por una etapa, donde en todo momento sienten la necesidad de hacer algo pero sin poder concentrase en casi nada, señalando -además- que se distraen con frecuencia, que no se pueden concentrar, y que tienen la ira a ‘flor de piel’.

Otros, ocasionalmente con cierto malhumor, manifiestan que, si bien no les extraña advertir alguna molestia corporal cada tanto, últimamente están viviendo un estado al que suelen denominar como ‘muy raro’, porque sienten que les ‘duele todo’ y que, además, su ánimo ha decaído a tal punto que ya ‘no tienen ganas’ de realizar ninguna actividad.

Sin notarlo, parecen estar aludiendo al síndrome de fatiga crónica28, al tiempo que insinúan cierta intranquilidad por la conservación del empleo, toda vez que son conscientes de que no pueden cumplir sus tareas según las exigencias del empleador.

 

En el mismo contexto, hay también quienes expresan su preocupación por lo mucho que les cuesta, desde hace algún tiempo, conciliar el sueño, aún cuando -en algunos casos- el clínico les ha recetado -en principio- el medicamento adecuado.

Suelen agregar, además, que cuando finalmente se duermen, se despiertan inesperadamente por cualquier ruido o sensación insignificantes; y que en ocasiones –aunque sólo en algunos casos- experimentan una somnolencia diurna excesiva, a la vez que se sienten cansados durante la jornada. En definitiva, directa o indirectamente, aluden a lo que habitualmente se conoce como ‘trastorno del sueño’.29

 

Algunos individuos, también, relatan de entrada que ya han concurrido al clínico y se han hecho varios estudios, pero ‘todo dio bien’. Al preguntárseles sobre por qué han acudido al médico, las respuestas varían según los casos.

Desde los que afirman haber sufrido importantes variaciones imprevistas en la tensión arterial en pocas horas y durante varios días, hasta los que cuentan que se han desvanecido momentáneamente y de la nada en algunas oportunidades durante las últimas semanas; pasando por los que sospechan que están deprimidos, porque les ha cambiado la visión optimista que siempre los caracterizó, para dar lugar a un pesimismo30 notorio, donde todo les parece mal, les molesta, les desagrada, predominando una mirada ‘negativa’ de la realidad.

Según relatan, estas alteraciones les ocurren no sólo sin motivos aparentes o conocidos por ellos, sino que, además, ‘sólo comenzaron hace algún tiempo’.

 

Estas descripciones y tantas otras que se han omitido, podrían obedecer (al menos en teoría) a patologías como las mencionadas en las notas referenciales, ya estudiadas y contempladas por la medicina en sus distintas y múltiples disciplinas.

Sin embargo y al mismo tiempo, debe subrayarse que todas son congruentes con un escenario de estrés; y relatos como los referidos no sólo aluden a estadios considerados por las personas como esencialmente negativos, perjudiciales, molestos y de vasta permanencia en el tiempo; sino que, además, normalmente parecen excluir la posibilidad de estar frente a una patología concreta susceptible de ser tratada por un clínico.

En efecto, basta con indagar un poco más en esa dirección a quienes así se expresan para obtener prácticamente una misma respuesta: han ido al médico, se han hecho los estudios indicados, han sido incluso derivados a uno o varios especialistas, pero -al final del recorrido- la respuesta profesional parece reducirse a que, en realidad, están bien, saludables, y que los indicadores de laboratorio son normales.

 

De esto resultan obvias dos cosas.

En primer lugar, es de sentido común que ante una dolencia concreta alguien deba recurrir al clínico.

Este acto no constituye sólo una conducta adecuada según los usos y costumbres sociales, sino que se transforma en una verdadera exigencia toda vez que el individuo parte de la sospecha fundada de que “algo anda mal, cada vez peor, y cada vez con más frecuencia” (es lo que sucede, por otra parte, con la dinámica destructiva del estrés); y que, por lo tanto, corresponde efectuar una consulta inicial, a sabiendas que tal consulta pueda luego derivar en una multiplicidad de estudios y análisis, los que en muchos casos ciertamente darán al médico la capacidad de emitir un diagnóstico preciso y ofrecer el tratamiento adecuado.

Pero, en segundo lugar, también es razonable que una persona, que ha recorrido las instancias habituales médicas y de laboratorio, y que al final de dicho proceso ha recibido el dictamen de que “todo está al menos relativamente bien”, se pregunte entonces lo más obvio: “Si todo está bien, si no tengo nada, ¿Por qué entonces sufro lo que sufro y siento lo que siento?

Tal vez pueda atemorizar, pero este contraste paradójico entre aquel “todo está bien” expresado por el médico, y el “me siento mal” en tal o cual aspecto, “a pesar de que estoy bien”, según se dice a sí mismo el paciente repitiendo el dictamen del profesional, lejos de ser una situación irresoluble constituye –más bien- la primera orientación terapéutica para el tratamiento del estrés, cual es: corresponde a la medicina convencional descartar que las dolencias que pueda sufrir una persona se deban a una o varias enfermedades ya ponderadas en forma acabada por la ciencia médica.

Dicho de otro modo, una eventual terapia para manejar el estrés debe partir, al menos, de la certeza de que los síntomas del paciente no obedecen a ninguna causa directa de carácter física, neurológica o similar, todas ellas ya conocidas y generalmente tratables por la medicina de estos tiempos.

 

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(25) El sistema inmunológico actúa a partir de dos niveles de inmunidad: la no específica (innata) y la específica (una suerte de complemento de la primera). En virtud de la inmunidad no específica, nuestro cuerpo se protege de patógenos (microbios pequeños como los virus y las bacterias; o de organismos más grandes como los gusanos). Aquí, algunos glóbulos blancos (fagocitos) combaten los patógenos que logran atravesar las defensas exteriores; un fagocito envuelve a un patógeno, lo absorbe y lo neutraliza.

A través de la inmunidad específica, el organismo se hace capaz de dar una respuesta dirigida en contra de un patógeno concreto que haya logrado trasvasar la inmunidad innata, a partir de la acción de dos tipos de glóbulos blancos llamados linfocitos (T y B).

 

(26) La mayoría de los expertos señalan que estadios emocionales como la tristeza prolongada, la felicidad abrupta, la ira, el desprecio continuado, el asco, la soledad perdurable, el temor, la sorpresa, la frustración acumulada y progresiva o la ansiedad patológica, por citar, pueden afectar negativamente el buen funcionamiento del sistema inmunológico.

 

(27) La conducta hiperactiva, más propia de los niños, efectivamente, suele referirse a un conjunto de rasgos conductuales que engloba varios aspectos, como la tendencia a una actividad constante, la propensión a distraerse fácilmente, la impulsividad y la agresividad, la acentuada incapacidad para concentrarse y otros comportamientos similares. La neuro-psiquiatría relaciona al sujeto adulto hiperactivo con su historia, en el sentido de que éste padeció en la infancia el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y conserva, en la vida adulta, algunos de sus síntomas distintivos, como el de la inatención, la hiperactividad o la impulsividad.

 

(28) El síndrome de fatiga crónica (SFC) se refiere, de ordinario, a una forma de cansancio que es agudo e incesante, que no se aplaca con el descanso (especialmente el nocturno) y que, en principio, no es el resultado directo de otras enfermedades. En rigor, se desconocen las causas específicas que lo puedan provocar. Algunas hipótesis afirman que ello obedece a la inflamación en el sistema nervioso a causa de una respuesta defectuosa en el sistema inmunológico de la persona. Otras, sostienen que puede deberse a factores genéticos, urbanísticos, enfermedades previas o al estrés.

 

(29) Según la común opinión profesional, hay más de un centenar de trastornos distintos que interfieren con el sueño nocturno y con la vigilia diurna. Estos se podrían agrupar en cuatro formas importantes: el insomnio, la somnolencia diurna excesiva (hipersomnio), la dificultad para mantener un horario habitual de sueño (conflictos relativos al ritmo y a las etapas del sueño), y algunas conductas inusuales que interrumpen el sueño, como angustias, miedos nocturnos o sonambulismo.

 

(30) Para la Psicología y, en especial, para la Psiquiatría, el pesimismo constituye uno de los síntomas más frecuentes de la afección de la depresión exógena (que aparece, por ejemplo, cuando se produce un acontecimiento que la desencadena, como son una ruptura sentimental, la pérdida de un familiar, una experiencia traumÁtica, el desempleo o problemas económicos, por citar.); o de la endógena (en la que no existe una causa aparente o verificable; la cual, además, es menos permeables al tratamiento y dura más tiempo; y en ese estadio el paciente se siente incapaz o inútil para solucionar su problema y desarrolla una visión muy dramática del futuro); o de la distimia (que es una forma crónica de depresión aunque de síntomas leves, cuyas causas no se conocen con precisión aunque se estima que puede ser hereditaria, que se da más en las mujeres y en algunos ancianos, relacionada a los inconvenientes para cuidarse, al aislamiento o una enfermedad, que puedan padecer éstos últimos).

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Conoce al Autor/a:
  • WALTER EDGARDO ECKART   Contactar con el Autor
    Estudios de Teología y Filosofía. Escritor. Facilitador para el Control del Estrés

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