El Taco de Arroz

El taco de arroz

Ya les he comentado que, por mi trabajo, estuve viajando, varios años, por el interior de México; así fue como conocí ciudades, poblaciones y muchas personas de diferentes edades, sexo, condiciones culturales, religiosas, sociales, económicas y espirituales.

En un viaje a la bella ciudad de Puebla de los Ángeles me pasó el siguiente evento que dejó honda huella en mi vida.

Ya había ido varias veces a esa ciudad cuna de moles, camotes, alfarería, un sin fin de artesanías y deliciosas comidas, postres y bebidas. Varios amigos me habían recomendado que fuera al que ellos consideraban el mejor lugar para comer mole.

Por lo que en esta ocasión me propuse ir a comer el famoso mole poblano; llegué al afamado restaurante (no recuerdo su nombre) y ni tardo ni perezoso le pedí a la masera que me trajera una copa de mezcal de Oaxaca, un plato de arroz y un plato de mole con alitas de pollo, sin faltar, por supuesto, tortillas calientes.

Mientras esperaba que trajeran mi pedido comencé a observar mi entorno: cómo lucía el restaurante, el mobiliario, los adornos varios y las ventanas; en eso estaba cuando a través de una ventana, me llamó la atención una mujer humilde, que sentada en el suelo de la banqueta de enfrente, pedía caridad.

La imagen que veía no tenía nada de extraordinario o de raro; este País está lleno de gente indigente que se ve obligada a pedir limosna para poder medio sobrevivir. Sin embargo, algo tenía de diferente esa señora que llamó mi atención; no eran sus ropas o su edad; era su aspecto y que no pude descifrar.

Comencé a comer el arroz con mole, cuando vi que la señora sacó algo atrás de su rebozo, era una tortilla a la cual le puso arroz de una bolsita de plástico, en eso estaba cuando se le cayó el taco al piso y el arroz se regó sobre la banqueta; de inmediato recogió la tortilla a la cual, con la mano, le iba poniendo el arroz que recogía del suelo.

En ese momento me di cuenta de algo: yo estaba cómodamente sentado en un restaurante caro, comiendo arroz con mole, mientras a unos cuantos pasos una pobre mujer, sentada en cuclillas sobre el piso, también estaba comiendo arroz que recogía del suelo. Ambos comíamos arroz pero la situación de cada uno era totalmente distinta.

Un cúmulo de preguntas vinieron a mi cabeza, ¿por qué las diferencias entre esa mujer y yo?; ¿por qué yo sí podía comer en un restaurante y ella no?; ¿era porque yo sí había estudiado y ella tal vez no?; conocí a muchas personas a lo largo del País que sin estudios de primaria, gozaban de un nivel socio económico holgado. ¿La vida era injusta con unos y no tan injusta con otros?;

¿DIOS favorecía a unos y castiga a otros?; ¿Qué había de trasfondo para que unos se la pasaran bien y muchos otros muy mal?; ¿Era cuestión de buena o mala suerte? Estas y otras tantas preguntas quedaron, en ese momento, sin respuesta. Tuvieron que pasar varios años para poder encontrar respuestas a mis preguntas (en próximos Blogs, les iré dando respuestas a las preguntas que casi nadie hace y que casi nadie contesta de una manera que no atente contra la lógica y nuestro sentido común).

Terminé de comer y al salir del restaurante me dirigí hacia esa mísera mujer con la idea de darle una ayuda económica.

Me acerqué y cuando estaba frente de ella, me incliné para verle la cara y darle su ayuda; ella volteó hacia mí y sonriendo me miró con una mirada profunda, limpida y serena. No medió ninguna palabra entre los dos, no hizo falta; en esa mirada me dijo que era una persona contenta porque había encontrado muchas respuestas a los cuestionamientos de la vida. Me di cuenta que ella era la que me estaba dando algo y que no era material; me estaba demostrando que aunque no tenía recursos materiales, gozaba de una paz interior que a mí me hacia falta.

Va de cuento: Estaba el Señor Jesús rodeado de sus discípulos y de otras personas más, cuando alguien le preguntó –“Dinos Rabí, ¿qué tipo de dieta debemos llevar para seguir tu doctrina”?  ÉL contestó: “Ninguna; no es lo que entra por la boca lo que contamina a las personas; lo que contamina a la gente es lo que sale de su boca, porque es de lo que abunda en el corazón”.

Me alejé agradecido por la enseñanza que me dio esa “pobre mujer”.   

 

Hasta el próximo Blog

Prof. Reynaldo A. Serrano
profserrano90@hotmail.com

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Conoce al autor

Reynaldo Andres Serrano Becerril

Profesor de Mercadotecnia, ventas y atención y servicio al cliente en Universidad Anáhuac 1985-2010

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