El primer principio Cartesiano

No es tan original Descartes al anunciar su principio fundamental: “Cogito, ergo sum”. Ya San Agustín había esgrimido un arma semejante, en contra de los escépticos: “Si fallor, sum” (si me equivoco, existo). Sin embargo, la novedad, en Descartes, consiste en que, por primera vez, se pretende erigir sobre esta verdad todo el cuerpo de verdades filosóficas. Su principio funcionará a la manera de los axiomas de las ciencias matemáticas.

El “Cogito” (así se suele llamar al primer principio cartesiano, por brevedad) es, pues, una intuición fundamental. Todo el mundo podrá dudar sobre lo que quiera, pero no podrá dudar de su propia existencia. Sin duda, es que piensa, y si piensa, es que existe.

Por su parte, Santo Tomás jamás habla de esa intuición del propio yo; lo que se conoce es el efecto, los frutos, y por medio de ellos, pero ya de un modo mediato, podemos retroceder hasta las substancia, la cual es inferida como se infiere la causa a partir de los efectos, y no por intuición intelectual (directa e inmediata visión del objeto).

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