La parte por el todo

A veces vamos incluso más allá con nuestras expresiones. Así, no nos basta con aludir a una persona a través de un conjunto de rasgos totalmente estereotipados, sino que podemos llegar a anularla por completo sustituyendo toda su dimensión personal por un único rasgo que, consideramos, lo define.

Son éstos los casos en los que tomamos una única parte de la vida de una persona como, por ejemplo, su orientación sexual, para incluso llamarla o hacer alusión a ella marcando su identidad a través de una parte de las muchas que se pueden presentar en su trayectoria vital.

Aquí manejamos “la parte por el todo”, catalogando de inmediato a la persona que es objeto de nuestro comentario y haciendo que una determinada información o característica  haga de “sujeto” de la frase.

Así, pasamos de decir “una persona con discapacidad” a decir “un discapacitado”. O insistimos en dirigirnos a las personas como “el gay”, “la lesbiana”, “la gorda”, “el minusválido”, “la negra”, “la colombiana”, “el inmigrante”, “la discapacitada”, etc.; llegando a sustituir incluso su nombre. 

Sustituimos en todas estas expresiones a toda una persona y su experiencia vital por una catalogación que, socioculturalmente, suelen estar cargadas de estereotipos discriminatorios.

Esto es así porque, cuando usamos esas expresiones tal cual, éstas suelen estar cargadas de connotaciones negativas.

Lo cierto es que no usamos la expresión “el gay” o “la lesbiana” en un contexto de valoraciones que reconozcan a la persona que hay detrás de tales expresiones sino, más bien, para resaltar e insistir en la idea de que “las personas normales somos nosotras y no ésas que nombramos”.

Hay, pues, detrás todo un imaginario colectivo que aporta negatividad a estos discursos de forma que, la mayoría, puede usarse como insulto (o acciones violentas) en un patio de colegio o en contextos incluso más “adultos”.

No se trata de aquí de afirmar entonces que la palabra “negro” o “inmigrante” tengan que ser negativas en sí ya que la carga negativa la aporta quien hace valoraciones al respecto. Lo que sí queremos destacar —y es aquí donde queremos poner el énfasis— es que no ayuda a la inclusión el que determinados rasgos pasen a ser el “único sujeto nombrado” de una persona.

Máxime, si pensamos que a nadie se la cataloga por “el heterosexual” o “la blanca”. Lo que predomina, pues detrás (insistimos) en una idea que fomenta la creencia general de existen “identidades normales” y otras que no lo son y que, por tanto, deben ser sometidas a nuestra marca y nuestra valoración.

Hay que insistir en el hecho de que, tras la idea de “normalidad”, lo que realmente se esconde es una “normatividad”: unas normas sociales determinadas que nos marcan qué identidades son “buenas” (y las únicas que socialmente deben se reconocidas con derechos) y cuáles no lo son.

Tampoco debemos olvidar que tales normas son discriminatorias para quienes no encarnan sus ideales; ni olvidar tampoco que nunca podremos asegurar que cumpliremos siempre la norma.

Por ejemplo, todas y todos podemos llegar a ser personas en una situación de migración algún día y, de hecho, es lo que está ocurriendo en todos aquellos países que en los últimos años han experimentado una fuerte crisis económica. Incluso, en países que culturalmente tenían políticas muy discriminatorias contra personas en una situación de migración.

 

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