La
persona positiva: empuja hacia delante, busca el
éxito del equipo y se involucra decididamente en el proyecto;
contagia su entusiasmo al resto de los compañeros.
El jefe debe
reconocer públicamente su labor, buscando que cunda su ejemplo.
El crítico:
es una persona destructiva, todo le parece mal pero no aporta
soluciones; los compañeros son unos inútiles a diferencia de
él que es perfecto. Es una persona que deteriora el ambiente
de trabajo.
Si sobrepasa
cierto límite el jefe tendrá que darle un toque de atención.
El discutidor:
no está de acuerdo con nada, siempre defiende otra tesis. Es
una persona pesada pero sin ánimo destructivo, a diferencia
del anterior. Es un inconformista permanente y aunque busca
el bien del equipo sólo consigue sacar a la gente de quicio.
Hay que animarle
a que piense en positivo, a que aporte soluciones prácticas.
El incordio:
es inoportuno, siempre con un comentario desafortunado en el
momento menos adecuado, molestando a los compañeros. Aunque
se hace muy pesado no tiene ánimo destructivo.
Al igual que
al crítico, si sobrepasa cierto límite el jefe le tendrá que
llamar la atención.
El bocazas:
nunca está callado, discute aunque no entienda del tema, dificulta
y alarga las reuniones, interrumpe permanentemente, impide que
la gente se centre en la tarea.
En las reuniones
no se pueden tolerar sus interrupciones. Si hace falta se
le llamará al orden.
El listillo:
él lo sabe todo y de hecho suele tener un nivel de preparación
por encima de la media, si bien un tipo de conocimiento muy
superficial, muy poco sólido . A veces sus aportaciones resultan
oportunas, pero la mayoría de las veces resultan insufribles.
Habrá que
animarle a que profundice en algunas de sus consideraciones
válidas.
El pícaro:
se aprovecha del resto de los compañeros, es una rémora en el
equipo, pero lo hace de manera sutil, por lo que sus compañeros
apenas se percatan. Su aportación al equipo es nula y suele
terminar deteriorando el ambiente de trabajo.
Es preferible
cortar por lo sano: darle un toque de atención enérgico y
si no reacciona apartarlo del equipo.
El cuadriculado:
tiene unos esquemas mentales muy consolidados de los que resulta
muy difícil moverle. No dispone de la flexibilidad necesaria
para aceptar o al menos considerar otros planteamientos.
Suele ser
una persona entregada al equipo que requiere paciencia y persuasión.
El reservado:
le cuesta participar o simplemente no participa y en muchos
casos a pesar de dominar la materia. Necesita un primer empujón
del resto de sus compañeros, especialmente del jefe, para lanzarse.
Si consigue romper esa barrera inicial puede ser un gran activo
para el equipo, si no su aportación será muy reducida.
Hay que animarle
desde un principio a que participe en los debates.
El gracioso:
no suele faltar en los equipos. Sus aportaciones profesionales
suelen ser muy discretas pero en cambio cumple un papel fundamental:
relaja el ambiente, quita tensión, crea una atmósfera más cálida,
lo que puede contribuir a una mayor cohesión del equipo. A veces
puede llegar a ser un poco incordio.
Hay que dejarle
cierto margen, pero señalándole también unos limites.
El organizador.
Es clave dentro del equipo, siempre preocupado porque las cosas
funcionen, que se vaya avanzando, que se vayan superando las
dificultades, que no se pierda el tiempo.
Contar con
él, consultarle, realzar su papel (es un auténtico activo
para el equipo).
El subempleado:
tiene asignado unos cometidos muy por debajo de sus capacidades.
Termina por aburrirse y perder interés.
Hay que buscarle
nuevas responsabilidades. Son personas valiosas que no hay
que dejar marchar.
El incompetente:
justo lo opuesto del anterior; los cometidos asignados superan
claramente sus capacidades. Por no reconocer sus limitaciones
irá asumiendo nuevas responsabilidades que no sabrá atender,
lo que terminara generando ineficiencias.
Hay que apoyarle
con otros compañeros y en todo caso tener muy claro cual es
su techo de competencia que no hay que traspasar.