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La conclusión es un recordatorio
del tema tratado, del punto de vista defendido y de los principales
argumentos presentados.
La conclusión debe ser breve,
destacando únicamente los puntos básicos que se han expuesto.
Mientras más se diga, menos resaltarán
los aspectos claves.
La conclusión, al igual que la
introducción, es una parte fundamental del discurso que
debe ser preparada a conciencia.
Probablemente, cuando el público abandone
la sala tan sólo recuerde de la presentación lo que se haya
dicho en la conclusión.
Es conveniente tener la conclusión
aprendida de memoria, de modo que se pueda desarrollar sin
tener que recurrir a fichas de apoyo (aunque se lleven por
si acaso).
Así gana en espontaneidad, en frescura,
pudiendo el orador centrar todo su esfuerzo en enfatizar sus
palabras, sus gestos, mirando al público, sin tener que estar
consultando sus notas.
En la conclusión el orador debe emplearse
a fondo, utilizando un lenguaje enfático, hablando con determinación,
con entusiasmo.
Es el momento de recalcarle al público
el punto central de la exposición.
A lo largo del discurso hay que controlar
el tiempo con vistas a disponer al final de los minutos necesarios
para poder desarrollar adecuadamente la conclusión (es
el momento del lucimiento).
Es frecuente que el orador tienda
a alargarse más de la cuenta y al final tenga que cerrar su
discurso de forma atropellada, sin la oportunidad de poder rematarlo
con una buena conclusión.
Como cierre de la intervención, se
agradecerá nuevamente al público su asistencia y el interés
mostrado, y uno se retirará lentamente del estrado mientras se
oyen los aplausos.
Lo correcto es abandonar el
mismo antes de que los aplausos finalicen, y por supuesto
nada de volver al estrado con los brazos en alto haciendo el
signo de la victoria, ni tampoco invitar a la familia a que
suba para compartir con ellos estos breves momentos de gloria.

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