La organización debe evaluar con
regularidad el rendimiento del equipo de trabajo.
La evaluación
no va dirigida únicamente a premiar o castigar, sino especialmente
a detectar posibles deficiencias y poder tomar las medidas
correctoras oportunas.
Además, esto permite al equipo
tener cierta idea de cómo percibe la organización su desempeño.
Cuando se constituye un equipo la dirección
de la empresa debe dejar muy claro cuales son los criterios
que va a considerar a la hora de evaluarlo. De esta manera
se consigue que el equipo sepa a que atenerse y se evitan posibles
malos entendidos.
El evaluador no se debe limitar
a comunicar el resultado de su evaluación sino que debe reunirse
con el jefe del equipo y explicarle el porqué de la misma.
Entre ambos
acordarán un programas de posibles mejoras a introducir
en el grupo y fijarán un sistema de seguimiento.
No obstante, esta evaluación no va dirigida
exclusivamente al jefe del equipo, sino que éste debe compartir
los resultados de la misma con el resto de colaboradores.
El resultado de esta evaluación
será tenido en cuenta a la hora de fijar una gratificación
extraordinaria para el equipo.
Por otra parte, dentro del equipo el
jefe deberá evaluar el rendimiento de sus colaboradores.
Este resultado
será tenido en cuenta a la hora de repartir entre los distintos
miembros la gratificación otorgada al equipo.
Aunque el trabajo en equipo sea
básicamente colectivo es necesario discriminar, teniendo
en cuenta la diferente implicación de sus miembros.
No resulta
justo tratar a todos por igual.
No obstante, esta diferenciación
debe estar muy meditada y ser tremendamente justa con el
fin de evitar posibles polémicas.
Si esta
diferenciación resulta caprichosa, poco motivada, influida
por amiguismos, etc., la unidad del grupo puede quedar
definitivamente tocada.