|
A lo largo de toda la intervención
el orador tiene que estar atento a cómo reacciona el público
(con interés, con aburrimiento, con simpatía, con aprobación,
con rechazo, etc.).
Lo peor que puede ocurrir es
no conseguir captar su atención (es peor incluso a que
el público manifieste su desacuerdo con la opinión presentada).
Si el público
no muestra interés, no es posible la comunicación.
Hay que captar la atención del público
en el primer momento de la intervención. Si no se consigue
entonces, difícilmente se va a lograr más tarde.
Por tanto, hay que emplearse a fondo:
saludar amablemente, preparar una introducción sugerente, jugar
con la voz, con los gestos, mirada, anécdotas, etc.
Al primer indicio de que el público
pierde atención hay que reaccionar con prontitud.
Si el público
desconecta definitivamente va a ser muy difícil volver a conquistarle
(aunque quisiera, le resultaría difícil captar el hilo argumental).
Al público que está más alejado resulta
más difícil ganárselo, de ahí la conveniencia , si es posible,
de moverse entre el público, acercando su presencia a la audiencia.
La extensión del discurso juega
en contra de la atención del público.
Importancia de la brevedad.
Esto no quiere decir que el discurso
tenga que ser necesariamente corto; durará lo que tenga que
durar, pero no debe extenderse innecesariamente.
Es posible que el público manifieste
discrepancia con la tesis del discurso.
Cuando el orador prepara su intervención
debería anticipar su posible reacción (normalmente uno
sabe cuando sus ideas pueden resultar polémicas), y en el caso
previsible de que haya desacuerdo tratar de conocer los motivos.
Esto permite al orador llevar preparadas
las respuestas a las posibles críticas.
Si la reacción contraria del público
hubiera sido totalmente imprevista y el orador ignorase
sus razones, lo mejor es preguntarle directamente el por qué
de su rechazo.
Hay que darle al público la oportunidad
de que exponga sus planteamientos; escucharle con atención,
comentando a continuación que se trata de un razonamiento respetable,
aunque diferente al punto de vista que uno sostiene.
Lo que no se puede hacer es aceptar
las críticas tal cual, ya que debilitaría la posición del
orador (perdería autoridad).
Tampoco éste debe atrincherarse
en sus posiciones, criticando duramente los argumentos expuestos
por el público e iniciando una discusión que termine crispando
aún más los ánimos.
Un acto público no es el lugar
más oportuno para una discusión acalorada. Muchas veces
con prestar al público la atención debida es más que suficiente
para ganarse su simpatía y respeto, aunque siga discrepando
de los argumentos expuestos.
En todo caso, el orador no debe
confundir la reacción contraria de una persona concreta
con una opinión contraria generalizada.
Cuando finaliza la intervención
el público suele aplaudir. El
orador dará las gracias sinceramente, mirando al público, y se
retirará discretamente.
Nada de esperar hasta que finalicen
los aplausos, ni de volver al estrado a recibir una nueva ovación
como si de un artista se tratase.
Hay que evitar gestos del tipo levantar
las manos en señal de victoria, llevarse las dos manos al corazón,
etc, ni se deben hacer comentarios del tipo "que exagerados
sois", "no es para tanto", "cuanto os quiero".
Una vez finalizada la intervención
resulta interesante pedirle a alguien que haya asistido
que de su opinión sincera de cómo ha resultado (puntos
fuertes y puntos a mejorar).
Cada intervención
es un ensayo general de la siguiente.

Lección anterior |

Próxima clase |
|