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El discurso no consiste simplemente
en leer un texto (para eso sería más fácil repartir fotocopias
a los asistentes), sino en exponer de manera convincente unas
ideas.
El discurso hay que interpretarlo,
hay que sacarle todo su "jugo", hay que enfatizar, entusiasmar,
motivar, convencer, persuadir, etc.
La intervención tiene que ir
encaminada a captar (y mantener) la atención del público
y a facilitar la comprensión del mensaje.
No se trata de asombrar al público
con lo que uno sabe, con la riqueza del vocabulario que emplea,
con la originalidad del estilo que utiliza.
Lo que hay que tratar es de llegar
al público de la manera más directa, más fácil
y, a la vez, más sugerente.
El orador tiene que cuidar el ritmo
de su intervención, tratando de mantener la emoción y la
atención del público durante toda la intervención, evitando
atravesar por momentos de gran intensidad, seguidos por momentos
de escaso intereses (se arriesgaría a perder la atención de la
audiencia).
La persona que interviene tiene que
ser muy consciente de que además de utilizar un leguaje
verbal (lo que dice, cómo lo dice, vocabulario empleado,
entonación, volumen de voz, énfasis, etc.), utiliza también un
lenguaje corporal que el
público capta con igual claridad (gestos, movimientos, expresiones,
posturas, posición en el estrado, etc).
La mayoría de las veces uno no
es consciente de este lenguaje corporal por lo que resulta
muy difícil controlarlo. No obstante, dada su importancia
es un aspecto que hay que trabajar en los ensayos.
Desde el momento
en el que el orador sube al estrado el público comienza a fijarse
y a analizar multitud de factores (como se mueve, su grado
de nerviosismo, como va vestido, su tono y volumen de voz, sus
gestos, seriedad o sonrisa, etc.) y con todo ello se va formando
una imagen del orador que puede considerar interesante, aburrida,
sugerente, intrascendente, atractiva, patética, ridícula, etc.
Esta imagen que el público se forma
influye decisivamente en el interés que va a prestar a la
intervención, así como en su predisposición a aceptar o
no las ideas presentadas.
Si esta imagen
es positiva, el público será mucho más proclive a aceptar
los argumentos presentados, mientras que si es negativa tenderá
a rechazarlos o a no prestarles atención.
El orador debe proyectar una imagen
de profesionalidad, de desenvoltura, de dominio de la materia,
etc.
El orador debe mostrar entusiasmo:
es una manera de reforzar sus ideas, además el entusiasmo es
contagioso y dispone al público a favor.
Hay que mostrar un rostro amable,
una sonrisa (ayuda a ganarse al público) y evitar gestos antipáticos
(provocan rechazos).
En la valoración
global del discurso el público no sólo tendrá en cuenta las
ideas expuestas y la solidez de los argumentos, sino también
la imagen del orador.
Por ello, no resulta lógico trabajar
intensamente en el texto del discurso y al mismo tiempo descuidar
otros detalles igualmente importantes.
Dentro
de la comunicación verbal hay que destacar la importancia de
los silencios:
El silencio juega un papel fundamental
en toda comunicación verbal, por lo que hay que saber utilizarlo
de forma adecuada.
El silencio se debe utilizar de
forma consciente (para establecer pausas, destacar ideas,
dar tiempo a la audiencia a asimilar un concepto, romper la
monotonía de la exposición, etc.).
El silencio no se puede utilizar
aleatoriamente, sin un fin determinado, ya que lo único
que haría sería interferir en la comunicación, dificultándola.
Hay que vencer el miedo que
sienten muchos oradores que evitan el silencio a toda costa
(piensan que rompen la comunicación).
Una regla que debe presidir toda intervención
es la de la naturalidad.
Al público le gusta ver en el orador
a una persona normal, cercana.
El público se suele mostrar
muy tolerante con los errores normales que se puedan
cometer (los atribuirá a los nervios típicos del momento), pero
si hay algo que rechaza es la artificialidad, la pomposidad,
la antipatía y el aburrimiento.
Por último, señalar algunas cosas
que el orador debe tener disponible cuando sube al escenario:
Vaso de agua
(para aclarar la voz)
Reloj (para
controlar el tiempo; lo situará en un sitio visible donde pueda
consultarlo de forma discreta).
Pañuelo
(para secarse los labios después de beber o por si se estornuda
-imagínese un ataque de tos, una nariz que comienza a gotear...
y el orador sin pañuelo-).

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