Introducción

La relación FAMILIA-ESCUELA es una de las más importantes en la vida de niños y niñas. La familia es la encargada de enseñar lo que está bien, lo que está mal, lo debido y lo indebido. La escuela es la encargada de socializar, de enseñar a integrarse y a respetar las formas de ser y de pensar de los demás.

Cuando comienza la etapa pre-escolar y escolar se inicia un camino de acción educativa entre familia y maestros que, ante todo, debe ser de mutuo acuerdo entre ambas partes, porque el niño y la niña necesitan sentir que hay coherencia entre quienes lo educan.

El ingreso a la institución escolar estará marcado por el aprendizaje de temas desconocidos hasta ese momento y tendrá que adaptarse a una complicada red social que conforman compañeros/as provenientes de diferentes familias. En la escuela muchos harán sus primeras amistades y vivirán los primeros enfrentamientos. También tendrán que compartir, colaborar, limpiar y trabajar como nunca lo han hecho en su casa.

Los integrantes de la familia son los primeros maestros, los más acreditados y eficaces, y su influencia puede marcar el camino de lo que el niño o la niña sea (o no sea) en el futuro. La familia tiene que asumir su papel educador y no pretender que en la escuela se encargarán de todo.

Cuando un escolar, intelectualmente capaz, resulta un fracaso académico es debido a la conjunción de una serie de situaciones que no fueron bien resueltas por los integrantes de la asociación familia-escuela, y que desencadenó una multiplicidad de frustraciones.

Las instituciones escolares no siempre explican claramente hasta qué punto es importante la intervención de la familia o cómo deben hacerlo. Se da por hecho que todos lo saben y así se producen las equivocaciones en el tratamiento y manejo de las diferentes situaciones relacionadas con el ámbito escolar.

Los integrantes del grupo familiar deben acercarse a los docentes y educadores y hablar con ellos, para conocer  de qué forma pueden ser partícipes de las transformaciones en las metodologías de la educación, sin interferir y sin la nostálgica consideración de que lo de antes era mejor.

Cada niño, cada niña trae consigo todo un mundo de valores, conocimientos y formas de ser que fueron moldeados en su hogar, tal como expresaba el psiquiatra Milton R. Sapirstein: “La educación, como la neurosis, comienza en casa”.

Los padres y madres son (o deberían ser) incondicionales aportes de afecto y el soporte permanente más influyente en el recorrido pre-escolar y escolar y en ese camino, periódicamente, de vez en cuando, intermitentemente, surgirá un docente que, por su capacidad de comprensión, producirá un progreso psicológico imborrable.

Al inicio de su escolarización los niños y niñas extienden su mano para que sus padres y madres los acompañen en el trayecto de la educación escolar. Hay que sujetarla, sin sobreprotección y sin estar demasiado ocupados para no atender su pedido, recordando lo que el psiquiatra sudafricano David Cooper decía: “Mantén la mano de tu hijo mientras te la quiera dar, porque el día que la suelte, ya no la recuperarás.”

Y cuando esos escolares, ya grandes, recuerden sus propias experiencias educativas, que sus memorias los lleven a evocar la labor de sus padres, de sus madres y de sus maestros, y no las metodologías:

                           “El que recuerda su propia experiencia educativa,

                              recuerda maestros, no métodos y técnicas”

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Conoce al autor

Hugo Valanzano Falero

Docente universitario. Licenciado en Biblioteconomía. Docente de Inglés Técnico. Postgrado en docencia universitaria.

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