Algunos Aspectos de la Disciplina Escolar y Familiar.

Los niños y niñas son generalmente inquietos y buscan constantemente algo diferente para explorar, tocar, hacer, etc. Por esta razón y porque no están en edad de darse cuenta de las consecuencias que pueden provocar sus acciones es que los adultos actúan a su alrededor para evitar riesgos. Esta acción por parte de los adultos, la puesta de límites, los ayuda a guiarlos por una senda más segura, con mínimos índices de riesgo para su seguridad y la de los demás.

Es importante que los familiares, al interesarse por una institución educativa, averigüen las reglas de disciplina y las sanciones normalmente impuestas, cuando esas reglas no se cumplen.

Si bien el punto de vista de cada persona con respecto a este tema puede variar muchísimo, es conveniente evaluar si las posibles sanciones por causas  de mala conducta,  están basadas en un sentido común responsable o, por el contrario, resultan demasiado rígidas o demasiado leves.

Tanto en la vida del hogar como en una institución escolar se dan situaciones a diario en las cuales los adultos deben enfrentar los diversos aspectos de la personalidad infantil y decidir sobre la puesta de límites.

Es evidente que en la sociedad actual son cada vez más frecuentes los casos de chicos ansiosos, estresados, hiperactivos, inestables, demasiado introvertidos,  desconfiados, etc. que diariamente forman parte de un grupo escolar. Las causas de origen familiar, económico, social, personal, etc., provocan una presión tan grande en los escolares que los lleva a situaciones de conducta que puede resultar inaceptable en un ambiente escolar.

En la institución escolar se recibe, entonces, todo tipo de niños y niñas, entre los cuales abundan los acostumbrados a “hacer lo que quieren” y, por lo tanto, se producirán enfrentamientos cotidianos con el adulto de turno.

Los signos de indisciplina que se registran en una institución escolar son variados, como así también las formas de lograr las posibles soluciones.

Es importante actuar con coherencia, tanto en la escuela como en el hogar, para que no se confundan y puedan diferenciar lo que es grave de lo que no lo es. No conviene mostrar el mismo enojo ante todos los casos de inconducta.

En general, a nivel escolar, se acepta que un niño que se “porta mal” está buscando algún tipo de reconocimiento o desafío: que lo valoren, que lo escuchen, que le den alguna tarea más difícil o de mayor responsabilidad, por ejemplo, y en base a este concepto se actúa en consecuencia.

Las formas de indisciplina en una institución escolar suelen tener alguna similitud con las que pueden ocurrir en el hogar o con los familiares, y varían de acuerdo a la edad. Lo esencial es que los chicos tienen que comprender  que todos  los ámbitos sociales no son iguales y, por consiguiente, su manera de actuar en cada uno de ellos debe ser diferente.

Antiguamente, y aún hoy en ciertos casos, se le decía a un niño: “¡no se dicen malas palabras!”. El niño actual, que escucha “malas palabras” dichas en la calle, por sus familiares y en programas de televisión, no puede entender ese “no se dicen malas palabras”, cuando se dicen, y además, las escucha en todos lados.

Esto crea un cambio de actitud por parte de los docentes y familiares para actuar con la coherencia necesaria a las circunstancias y, ante un caso de lenguaje inapropiado convendrá decir: “Aquí no se dice. Si bien lo has escuchado en varios lados, aquí en la escuela no utilizamos esas palabras, usamos estas otras: XXXXX”.

Con esta forma de proceder logramos el doble objetivo de inculcar al escolar que los ambientes sociales que rodean su vida tienen reglas diferentes y que el vocabulario no es el mismo en cada lugar, sin llegar a la incoherencia de decir que algo no se dice, cuando todos (incluso los escolares) saben que se dice, y con mucha claridad y frecuencia.

Otra forma común dentro del tema de indisciplina escolar y, también familiar, es el desafío que hacen los niños y niñas a los adultos para demostrar que pueden controlar la situación. Estas actitudes logran, muchas veces, el enojo del adulto con la consiguiente satisfacción por parte del escolar, que se siente ganador.

La actitud más común en el ambiente escolar es que el docente no se siente provocado y actúa con tranquilidad en la respuesta. Se opta por no ordenarle a que haga algo y, en cambio, se le pide que ayude a realizar alguna actividad, a que se encargue de algo importante que pueda destacarlo entre sus compañeros.

Hay escolares que actúan indisciplinadamente porque están convencidos que no pueden hacer las cosas bien o, por lo menos, como las hacen la mayoría de sus compañeros/as.

Las actitudes diversas que llevan a los escolares al enojo se suelen resolver haciéndole ver al enojado que se comprende su actitud. Si el adulto le explica que entiende su forma de reaccionar y que, tal vez, él mismo hubiera actuado de la misma forma, el niño o la niña se sentirán más acompañados y comprendidos y comenzará a tener una posición más calmada para continuar el diálogo.

En caso de haber incurrido en una agresión física hacia algún compañero, se trata de transmitir la idea de que no está mal que se enoje, si hay una razón válida, pero lo que no se le va a permitir es que lastime a nadie o se desahogue con objetos o instalaciones de la institución.

Cuando los adultos comprenden estas actitudes y les hacen ver a los escolares que se interesan por sus sentimientos de rabia, frustración, disgusto, etc., éstos se sienten mejor y su comportamiento tiende a modificarse...

Sin embargo, las diarias circunstancias nos llevan a actuar rápidamente y sin las pautas conocidas para la solución del conflicto, ayudando a crear problemas diferentes o agravando los iniciales.

De nada sirve amenazar con castigos que nunca se cumplirán, porque los chicos lo notan y lo procesan adecuadamente en su favor.

Cuando un docente dice “si no dejan de conversar no habrá recreo”, continúan conversando e igualmente salen al recreo, o cuando un padre o una madre dice que “si no te portas bien no habrá televisión”, el niño sigue en su mala conducta y cuando llega su programa favorito, para que no siga portándose mal, lo sientan frente al televisor, es evidente que el adulto pierde credibilidad ante el niño o niña, porque ellos se dan cuenta que se les amenaza con castigos que nunca se cumplen.

Igualmente, la comparación entre lo que uno no hace y lo que el otro hace, produce resultados negativos, porque cada uno es como es y en la comparación con otro que hace las cosas “mejor”, el primero se siente desvalorizado.

Expresiones como “qué bien lee XXX, sin embargo tú con la misma edad todavía no puedes hacerlo”, o “¿por qué siempre te portas mal?, aprende de XXX que nunca causa problemas”, o “¡qué excelente este trabajo!, a ver si el resto lo puede hacer tan bien como XXX”, sólo producen resentimientos.

La comparación provoca enojo en los niños y niñas, enojo hacia el adulto y hacia “ese” o “esos” que siempre hacen todo bien. Sin embargo, la felicitación por el logro, la palabra de apoyo por una buena acción, el reconocimiento por una buena conducta durante la realización de una actividad o un trabajo, hace que los escolares se sientan gratamente estimulados.

Otro aspecto que produce reacciones adversas, a corto o a largo plazo, es el ofrecer algo a cambio de la ejecución de un trabajo, de una actividad o del simple hecho de portarse “bien”.

Mensajes tales como “el que se porte mejor sale primero al recreo” o “el que guarde todas sus cosas va primero en la fila”,  hacen que se condicionen a realizar cosas para lograr una recompensa final. De ahí a exigir dinero en la casa para arreglar su cuarto hay sólo un paso, porque se habituarán a reclamar algo a cambio de hacer lo que simplemente se espera que haga un niño o niña en su casa o en un salón de clase.

Cuando la actitud negativa persiste, y pasa muchas veces porque es parte del crecimiento infantil, se llega a la “penitencia”, sacando al escolar del salón, de los juegos del recreo, etc.

Este tipo de procedimiento tiene opiniones a favor y en contra, pero, en general, su beneficio depende de cómo se proceda por parte del adulto.

“Te vas a la Dirección por lo que has hecho”, “por no hacer caso no vas a tener recreo”, y “te vas a sentar aquí hasta que aprendas a no pegar a otros”, son mensajes que seguramente dan resultados inmediatos pero no a largo plazo.

“Estás algo nervioso/a, convendría que te sientes aquí hasta que te calmes”, o “quiero que vayas a la Dirección para que cuentes lo que pasó y ver cómo podrían llegar a una solución”, o “si continúas pegando, nadie va a querer jugar contigo”,

”te pido que te sientes aquí y cuando estés calmado/a podrás volver a jugar con tus compañeros”, son mensajes similares pero que dan la oportunidad de modificar la conducta o aclarar el motivo del conflicto, ayudando al escolar a darse cuenta que su comportamiento no fue el adecuado o a reflexionar sobre las posibles consecuencias de su violencia, afectando a quienes están alrededor.

La familia siempre debe estar pendiente del sistema de sanciones utilizado por la institución educativa  y asegurarse que éstas apuntan a soluciones coherentes que informen al escolar que su conducta no fue la apropiada o la socialmente admitida entre compañeros/as de clase, y no simplemente al castigo por la mala acción.

Desde el punto de vista de la disciplina y el aprendizaje, la relación entre ambos tiene variables interesantes.

Muchos padres y madres asocian el silencio y la calma en un salón de clase con un alto porcentaje de aprendizaje en los alumnos, pero en la actualidad el bullicio o la paz en un aula puede ser irrelevante para el desarrollo de los temas que se imparten.

Hay clases con muy buena disciplina en las cuales se emplea frecuentemente la técnica de trabajar en pares o en grupos, durante cierto período de tiempo.

Al circular por el interior de una institución, seguramente se escuchará la activa participación de los alumnos, opinando, preguntando, discutiendo y no necesariamente en un ambiente indisciplinado. Los grupos con buena disciplina pueden ser ruidosos, bulliciosos y no estar en silencio simplemente porque la actividad así lo exige; los grupos con mala disciplina, sin embargo, son normalmente siempre ruidosos.

La idea actual de un docente a cargo de la clase no es la de una persona de pie, o sentada,  frente al grupo, asignando tareas a los integrantes del grupo, sino de alguien que circula por las mesas, se sienta con los escolares y les da la iniciativa de la actividad. La responsabilidad final del control de los alumnos y de lo que ocurre en el salón está, por supuesto, en manos del docente, sin importar el estilo liberal, divertido o democrático que se emplee.

La motivación de los escolares influye directamente en la disciplina general del grupo. Un grupo  sin motivación, seguramente tenderá a la indisciplina, un grupo de alumnos y alumnas motivados también puede presentar problemas de indisciplina, pero ésta es mucho más fácil de manejar para el docente.

Conviene recordar que hay escolares muy capaces que rinden por debajo de su potencial, por motivos personales o porque el material de trabajo les resulta demasiado infantil o por debajo de su nivel intelectual. El resultado será, sin dudas, una actitud muy negativa hacia ellos mismos y hacia la institución.

Las familias deben tener en cuenta que los docentes son diferentes, los hay con una autoridad intrínseca que destruye cualquier intento de desacato grupal, simplemente con su presencia, los hay con una personalidad menos carismática, pero que luchan día a día para conseguir, con creatividad, los objetivos académicos y sociales del sistema educativo.

La forma de actuar, las opiniones de los propios escolares, los resultados y  la motivación de éstos para aprender temas nuevos, hace que los padres puedan tener una idea del tipo de docente que a ese niño o niña le tocó en suerte.

A partir de estos datos, la periódica conversación con el maestro o la maestra nos dará más datos sobre los aspectos humanos de quien ayuda a conducir los destinos académicos y sociales de cada escolar.

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Conoce al autor

Hugo Valanzano Falero

Docente universitario. Licenciado en Biblioteconomía. Docente de Inglés Técnico. Postgrado en docencia universitaria.

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