El problema de la verdad. La creencia y la verdad (II)

LA SOLUCIÓN IDEALISTA.

Se ha postulado, pues, la vía racional para llegar al conocimiento de la verdad. Pero surge otro problema: la razón es, desde este punto de vista, una instancia que debe dejar de lado el conocimiento directo de la realidad, por considerarlo equívoco.

¿Cómo es, pues, posible la comparación de los resultados del conocimiento obtenidos por la razón con la realidad, para saber si el conocimiento es adecuado? Ante esta pregunta ha habido también muchas soluciones, que van desde la explicación de la relación por medio de instancias de la mente o facultades que realizan la vinculación entre realidad y razón (como el intelecto agente del que hablaban los escolásticos), hasta la afirmación de que es imposible establecer una relación entre el pensamiento racional y la realidad.  

Precisamente desde este último punto de vista es que han surgido los idealis­mos, los cuales sostienen que la verdad reside en el intelecto mismo y que, al no ser posible la comparación entre resultados de la razón y realidad externa, la verdad debe ser una relación interna al pensamiento mismo.

Esto es, del intelecto y en el resultado mismo del pensar es que se da la relación de coherencia que constituye la verdad.

Un pensamiento sería verdadero cuando fuera coherente consigo mismo o con un sistema de pensamiento racionalmente establecido.  

La solución es perfecta y carente de contradicción, pero la experiencia de la realidad (y el conocimiento empírico, con el cual contamos) se encargan de plantear la contradicción del pensar y la realidad.

Por ejemplo, ¿qué diría un idealista, que sostiene la total identidad del yo (o la conciencia) consigo mismo y fuera de todo intercambio con otras entidades (que para él serían imaginarias) como la única forma de realidad, ante la situación (para él imaginaria e irreal) de la necesidad de comer?  

CONCIENCIA Y REALIDAD.

La anterior contradicción nos lleva a plantearnos de otro modo el problema: la realidad no es sólo una realidad externa que entra en contradicción con una conciencia ajena a esa realidad, sino que en esa conciencia tiene ya una forma de realidad, es una conciencia real que se manifiesta dentro de la misma realidad materialmente.  

El conocimiento no puede ser fruto de una entidad ajena a la realidad material, bajo el riesgo de dejar de ser conciencia de esa realidad material. Y si el hombre ha empezado a pensar, no ha sido por el simple hecho de ponerse a pensar, sino para hacerlo sobre un mundo real que se le presenta materialmente.

Eludir la materialidad de ese mundo externo es eludir la realidad misma, pues, ¿qué otro modo de manifestación que no sea material tiene cualquier realidad? (Incluso las manifestaciones de Dios en la Revelación Bíblica tiene forma material: salida de Egipto, Encarnación, Aparición a los sentidos materiales, toma de forma material durante los sueños, etc.).  

Vemos, pues, que debemos considerar la materialidad del mundo real para poder hablar de verdad.

Pero, además de que la conciencia de algo que se presenta materialmente como algo externo a ella misma, es una conciencia que, al menos intramundanamente, necesita de una instancia material para manifestarse: la presencia de un sistema nervioso evolucionado y centralizado, como el del hombre.

La conciencia es siempre la conciencia en un hombre (no podemos hablar de conciencias separadas del hecho de ser humano; a lo sumo podemos hablar, pero por extensión, de conciencias colectivas de una comunidad de hombres).  

La consideración de la verdad, pues, debe tomar en cuenta tanto la existencia de un mundo que se manifiesta materialmente, como la propia necesidad que tiene la conciencia de manifestarse por medio de la materia.

Desde esta nueva óptica, descubrimos que hay un elemento en común que garantiza la relación entre cono­cimiento y realidad: su mutua materialidad.

Garantizada esta relación, nos queda todavía averiguar cuál es el modo de esta relación, o mejor, cómo es posible lograr esa relación adecuada que es la verdad.

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