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Complicaciones médicas

Además de los síntomas ya descritos, un paciente con Alzheimer puede sufrir una serie de complicaciones médicas secundarias. Éstas pueden derivarse del curso normal de la enfermedad o, en determinados casos, de la falta de conocimiento en la aplicación de los cuidados. Las principales complicaciones son la desnutrición y deshidratación, la incontinencia, las caídas, la inmovilidad y la aparición de úlceras en la piel.

A) Desnutrición y deshidratación:

En el trascurso de una demencia se producen cambios que pueden influir en la aparición de una mala nutrición en el paciente. En primer lugar, se producen cambios en los hábitos alimenticios de la persona, algunos de ellos ligados a la vejez y otros a la pérdida de memoria, de planificación y de interés en el medio que lo rodea. El paciente puede olvidar comer o que ya lo ha hecho y repetir el consumo de alimentos. Además, se deterioran las sensaciones de hambre o sed, por lo que los cuidadores deben estar atentos a los horarios de comidas y a que la persona enferma consuma abundantes líquidos.

A medida que avanza la enfermedad se daña la capacidad para masticar y tragar del paciente, lo que disminuye la cantidad y el tipo de alimento que ingiere. En el momento en el que el enfermo es incapaz de comer por sí mismo es necesario recurrir a la alimentación asistida o al uso de sondas para asegurarse de que recibe todos los nutrientes necesarios.

 

B) Incontinencia:

La incontinencia urinaria y fecal es un problema habitual en las últimas etapas de la EA. Por norma general, se produce cuando el sistema neurológico se encuentra tan dañado que es incapaz de controlar los esfínteres, aunque también puede producirse debido a otras enfermedades o alteraciones médicas.

Además de provocar serios problemas higiénicos y sociales, eleva el nivel de dependencia de la persona con demencia respecto a sus cuidadores. Por último, la incontinencia puede favorecer la aparición de otros problemas de salud como infecciones o úlceras.

 

C) Caídas:

En la enfermedad de Alzheimer existe un alto riesgo de que la persona enferma sufra caídas. Esto se debe a las alteraciones que se producen en la movilidad y la orientación, por la ingesta de medicamentos o por la existencia de barreras arquitectónicas en el entorno.

Para evitar las caídas es importante fomentar el mantenimiento de la capacidad motora todo el tiempo posible, no dejar al paciente sin supervisión y eliminar elementos externos que puedan desestabilizarlo.

Un caída, especialmente en la vejez, puede tener serias consecuencias. Puede producir una fractura ósea, la más común de ellas es la de cadera, lo que reduce gravemente la movilidad y dificulta la recuperación del estado funcional anterior. Asimismo, una caída puede provocar en el paciente ansiedad y pérdida de confianza, lo que dificultará la marcha, futuros ejercicios e influirá en la posibilidad de sufrir nuevas caídas.

Por último, el riesgo principal es que se vea reducida la autonomía del paciente y aumente su dependencia. Ya sea por miedo a un nuevo accidente o por las consecuencias físicas del anterior, la persona puede verse confinada a una inmovilidad que reducirá enormemente su calidad de vida.

 

D) Inmovilidad:

Por su progresión natural, la enfermedad de Alzheimer conduce al paciente a una situación de inmovilidad. Esto debe retrasarse lo máximo posible a través de la terapia física y la estimulación de la persona enferma. Sin embargo, cuando resulta inevitable o cuando se deriva de una caída o causa similar, la inmovilidad requiere una atención constante para que no desemboque en un deterioro y una incapacidad mayor.

La situación de inmovilidad afecta a todos los sistemas del cuerpo humano, incluyendo el nervioso, cardiovascular, respiratorio y endocrino. No obstante, el sistema que indiscutiblemente se ve más afectado es el locomotor. Al estar inmovilizado, se reduce la masa ósea y muscular del paciente, pierde fuerza, se atrofian sus músculos y aumenta la rigidez muscular que dificulta cualquier movimiento.

La inmovilidad aumenta la dependencia y deterioro del paciente.

 

E) Úlceras por presión:

La aparición de este tipo de úlceras se deriva directamente de la situación de inmovilidad prolongada del paciente. Las úlceras son lesiones cutáneas que se originan por la presión y el contacto extendido entre un plano duro y una parte del cuerpo. Suelen localizarse en lugares de prominencia ósea y afectan a las distintas capas de la piel, a la grasa subcutánea y, en los casos más graves, a los músculos y los huesos.

Para evitar que surjan estas lesiones es fundamental fomentar la movilidad y cambiar de posición a menudo al paciente cuando se encuentre sentado o tumbado. Si las úlceras no se previenen adecuadamente o no se solucionan a tiempo pueden producir un intenso dolor, un aumento de la dependencia, infecciones que puedan pasar a la sangre, degeneración celular y necrosis.

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