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El éxito de una negociación depende
en gran medida de conseguir una buena comunicación entre las
partes.
Cada uno de
ellos tiene que ser capaz de comunicar de forma clara cuáles
son sus planteamientos y cuales son sus objetivos.
Además deben cerciorarse de que la
otra parte ha captado con exactitud el mensaje que uno ha transmitido.
Una vez que se conoce con precisión
la posición del interlocutor resulta más fácil buscar puntos
de encuentros que satisfagan los intereses mutuos.
Podremos
adaptar nuestra oferta para que se ajuste mejor a sus necesidades.
Además, podremos seleccionar aquellos
argumentos que respondan mejor a sus intereses.
Esto que parece obvio falla en numerosas
negociaciones, siendo la principal causa de que éstas no lleguen
a buen término.
No es infrecuente
que las partes se enzarcen en una agria disputa sin que ninguna
de ellas conozca realmente cual es la posición de la otra.
La causa principal de los fallos
de comunicación reside generalmente en que no sabemos escuchar.
Estamos más
preocupados en lo que queremos decir que en oír lo que nos dicen.
Además, la tensión que genera la negociación,
el miedo a perder posiciones, nos lleva a adoptar una actitud
defensiva que nos hace saltar ante el primer comentario
del con el que no coincidamos.
La buena comunicación exige una escucha
activa:
Concentrarse
en lo que nos está diciendo el interlocutor y no
estar pensando en lo que uno va a responder.
Cuando el
interlocutor ha expuesto una idea importante conviene repetir
sus palabras ("Lo que usted quiere decir es que...")
para asegurarnos que lo hemos entendido perfectamente.
La otra persona
agradecerá que se le preste atención, lo que mejorará
el ambiente de la negociación. En su momento él también nos
prestará la atención debida. Otro aspecto fundamental es saber
preguntar.
Por lo general nos cuesta trabajo
preguntar, evitamos realizar algunas preguntas por miedo a
molestar, si la respuesta no nos ha quedado clara nos resulta
aún más difícil insistir.
Un buen negociador
se distingue porque sabe preguntar, no tiene miedo
a insistir si la contestación no le ha convencido, da tiempo
al interlocutor para que responda oportunamente, no trata de
llenar el silencio que se pueda producir autorrespondiéndose.

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