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Cuando las negociaciones se desarrollan
en la sede de uno de los participantes y ello obliga a la otra
aparte a desplazarse, a veces incluso fuera de su país, es normal
que el anfitrión tenga ciertos detalles de cortesía, que
pueden incluir:
Recibir en el
aeropuerto a la persona que llega, gestionar
sus reservas de hotel, poner coche con chofer a su disposición,
organizar las comidas, preparar alguna actividad cultural o
de ocio para los posibles ratos libres (opera, teatro, exposiciones,
etc.).
En definitiva,
ponerse a disposición del visitante para intentar hacerle
más amena su estancia.
Es frecuente agasajarle con algún
pequeño obsequio (recuerdo de la ciudad, o con algún producto
de la empresa).
Todas estas
atenciones son normas básicas de cortesía dirigidas a
crear una atmósfera de mayor cercanía entre las partes.
El visitante ha de saber agradecerlas,
sin que estas atenciones puedan coartarle su libertad a la hora
de negociar.
Quien las ofrece no debe esperar obtener
de ellas nada a cambio, tan sólo estrechar lazos.
No obstante, puede ocurrir a veces
que las atenciones que uno recibe se alejan de estos meros
detalles y van encaminadas claramente a influir en su voluntad.
Regalos costosos,
correr con todos los gastos del visitante, ciertas atenciones
especiales (incluyendo persona de compañía).
Este tipo de ofrecimientos hay que
saber declinarlos, con delicadeza, pero dejando muy claro
que uno no se va a prestar a ese tipo de juego.
No hacerlo,
además de por sus implicaciones éticas, puede llevar a entrar
en una espiral de la que sea muy difícil salir y que puede terminar
en el puro soborno.
Cuando se negocia uno actúa en nombre
de su empresa, por lo que cualquier actuación de este tipo podría
dañar la imagen y buena fama de su compañía.
Además, pone en riesgo su carrera
profesional si su empresa llega a conocer este comportamiento.

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